En la democracia los gobernantes no hablan con pajaritos en los que se encarnan líderes difuntos. Pero también se cometen algunas locuras políticas.
Es una locura de los políticos de Estados Unidos, por ejemplo, “cerrar” el Gobierno y enviar alrededor de 800 mil empleados públicos a la desocupación temporal, porque no se ponen de acuerdo para resolver un asunto de vital interés nacional, como es la ampliación del límite de endeudamiento público para garantizar el funcionamiento de la administración hasta la aprobación de los nuevos presupuestos generales de la nación. Lo normal es que en estos casos los políticos gobernantes, ejecutivos y legisladores, cedan en sus posiciones partidistas y se pongan de acuerdo en una postura intermedia, para evitar que la sociedad pague las consecuencias de un cierre temporal del gobierno que costará unos diez mil millones de dólares semanales a la economía estadounidense.
Algo como esto solo puede ocurrir en la democracia, jamás en una dictadura. Por eso los enemigos de la democracia la denigran y ensalzan a la dictadura como un sistema de gobierno que es mucho más eficaz.
En Nicaragua, por el enconado desacuerdo de los partidos en la Asamblea Nacional, no fue posible renovar el mandato de los magistrados y otros cargos del Estado a los cuales se les vencieron sus períodos, ni sustituirlos con otras personas. Sin embargo, aunque la Constitución establece que esto es competencia exclusiva de la Asamblea Nacional, el presidente dictatorial Daniel Ortega se arrogó esa facultad y prorrogó por decreto los cargos vencidos. Y todavía hizo algo peor: como la Constitución le prohibía reelegirse por segunda vez, ordenó a la Corte Suprema de Justicia que la declarara inconstitucional la norma correspondiente y se impuso mediante un fraude montado por sus magistrados electorales.
Ciertamente, las dictaduras son operativas porque los dictadores no se andan con escrúpulos legales, ni políticos ni morales para hacer que funcione la maquinaria gubernamental. En cambio, en Estados Unidos ni siquiera el presidente Obama puede hacer algo contra la parálisis en el Congreso, porque en la democracia la potestad legislativa y la separación de poderes son principios sagrados que se respetan y se hacen respetar.
En Nicaragua, por el contrario, los negocios y las dádivas populistas se consideran más importantes que la institucionalidad democrática y el Estado de Derecho. En la llanura, discriminados y acosados por el poder, están los ciudadanos para quienes la libertad, la democracia y el decoro político y social son tan importantes o más que hacer negocios o recibir dádivas de una dictadura.
Desde 1976 hasta ahora, en EE.UU. han ocurrido 18 cierres del Gobierno por los desacuerdos políticos y los bloqueos presupuestarios en el Congreso, pero la democracia estadounidense no se quebrantó sino que se fortaleció. En cambio en ese mismo período han caído muchas “eficientes” dictaduras, incluyendo dos en Nicaragua: la somocista en 1979 y la sandinista en 1990. Lo cual se explica porque las locuras de la democracia son benignas, mientras que las de la dictadura son malignas.
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