Antes de 1936 se encontraba poca necesidad de darle énfasis a las dos ramas de la economía que hoy conocemos como microeconomía y macroeconomía.
La razón de esto es que los economistas concentraban casi toda su atención en los aspectos microeconómicos: en el porqué las empresas producen tal producto; la determinación de los precios de bienes, servicios y recursos; el funcionamiento de los mercados y la diferencia entre mercados competitivos o no competitivos; la forma en que las empresas obtienen sus ganancias y lo que determina la demanda de bienes y servicios, etc.
En otras palabras, todo lo que tiene que ver con los individuos como consumidores y productores, y la manera como estas partes se relacionan.
En contraste, lo que hoy llamamos macroeconomía y que tiene que ver con el comportamiento de la economía como un todo; crecimiento económico, inflación, desempleo, períodos de prosperidad y recesión, no era —en ese tiempo— de total importancia para los economistas.
Lo anterior atendía a la generalmente aceptada teoría macroeconómica de que a pesar de cualquier fluctuación (excepciones de la regla), los niveles de empleo siempre regresaban rápidamente a la situación normal de estabilidad y empleo pleno.
Así se consideraba que la producción total era constante y simplemente de acuerdo a lo que la economía pudiera producir a esos niveles de empleo pleno y la tecnología del momento.
Fue hasta que John Maynard Keynes, en 1936, durante la Gran Depresión, presentó una teoría alternativa de empleo y producción, que se explicaba —por primera vez— como las fuerzas de una economía de mercado no podían asegurar que la demanda agregada sería siempre la necesaria para alcanzar empleo pleno.
De este análisis surgieron las prescripciones de políticas diseñadas para levantar la economía a empleo pleno y mantenerla a esos niveles, sin inflación. Con excepción de algunos años en los sesenta, la rama macroeconómica ha mantenido su relevancia. A veces en marcado aislamiento de su complemento microeconómico.
Hace unos días vimos como una misión del Fondo Monetario Internacional (FMI) en Nicaragua expresó que “técnicamente hablando” el desempeño macroeconómico de este país es favorable. Y estiman, al igual que el gobierno de Ortega, que Nicaragua conduce una política monetaria prudente y ven resultados positivos en términos de política fiscal.
Pero Nicaragua es un país sin capacidad de desarrollo sostenible. El PIB per cápita es inferior al de hace cincuenta años. Es un país sin institucionalidad democrática. Ahora mismo, Ortega está considerando echarle mano a las reservas internacionales para entregar los bonos-regalos a los empleados públicos.
Aparentemente, el FMI está ignorando que en la práctica no se puede prescindir de la interrelación de la microeconomía y la macroeconomía, si lo que se pretende es un análisis honesto.
Al analizar el proceso económico que determina el bienestar material de la población nicaragüense, tanto el aspecto macroeconómico como el microeconómico deben ser considerados. Desde el ángulo macroeconómico el bienestar de la nación crece a medida que la economía se acerca a la total utilización de sus recursos. Desde el ángulo microeconómico, el bienestar material de la población crece a medida que la economía se acerca a la óptima distribución de sus oportunidades y recursos.
Como vemos, el objetivo de los dos puntos de vista es la maximización del bienestar material para la población en su totalidad. Este objetivo solo se puede obtener con ambos: la total utilización y la óptima distribución de los recursos disponibles.
Lo contrario es engaño planificado.
El autor es economista y escritor.
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