Joaquín Absalón Pastora
México se puso de pie en el Teatro Nacional Rubén Darío. Ezequiel Barrera vino a Nicaragua a poner la diversidad. Al presentarse anticipó la prematura inteligencia que mostró desde niño. Primero se enamoró de la guitarra pero luego contrajo nupcias definitivas con el piano.
Se puso erguido al lado de su majestad sonora. Esa noche mostró lo desconocido en vez de lo que está puesto en las carteleras con incienso para los genios.
Comenzó con Kart Czerny del que tomó ricas y caprichosas variaciones gratamente regocijadas por la percepción auditiva. Se dedujo con esa volátil manifestación el honor al tema en síntesis.
El orbe de la música —desde ayer hasta hoy— sigue teniendo un infinito de musas que seguirán inspirando estampas no presentidas. Era inevitable que en el rumbo de sus primicias tomara las de México cuyo espacio creativo podría correr paralelo con la inmensidad de su territorio pues cada uno de sus pueblos canta con júbilo y sentimientos propios.
Y así se reflejó la distancia de los estilos entre el sosiego del nocturno y el bando del canto Obras escritas en un cuaderno en sí menor . Empero no podía faltar en el broche conclusivo un neoclásico espeso y dilatado en el tiempo: Mauricio Ravel. Se fue hacia “La Alborada del Gracioso”.
Puntualizó al francés, pero dejar constancia de que siendo el autor de otra nacionalidad quería impregnar el ambiente de la danza popular española influyente en la alborada en la cual se balancea la atmósfera poética y danzarina.
Ravel cortejó a España en no pocas de sus obras para piano y este es un modelo atinadamente escogido para lograr el propósito de ponerla en el espejo. Colorido propio, eufonía matinal, armonía sostenida por el encanto de los adornos. Un excelente final.
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