Ezequiel D’León
(Viendo al Grupo Guachipilín)
Una cara anuncia la apertura de la función. Es la cara de la niña. La función fluye como una agua celeste. Hay una carcajada que quita los miedos a los pequeños espectadores. A veces, una mano asoma sus carnes tras el enmarcado teatro. Todo es viaje hacia la infancia, todo es retorno a la semilla del asombro.
Por el viaje hay caminos donde la niña busca otros niños, niños de todos los lugares posibles del mundo, niñas de todas las lenguas imaginarias. Va encontrando en cambio flores parlanchinas, mágicas flores que conjuran el atardecer con sus olores de vida y sus temblores de paz. Flores sintientes, tiernas de blancuras interiores. Hay una seguridad en ciernes que le da aires de regocijo profundo a la niña y los niños que la siguen.
La niña avanza en su travesía intensa, viajante de sorpresas. Encuentra un mago. Este mago le muestra el truco más artificioso: inventar colores y dinosaurios agresivos. Colores que vegetan como arenillas traídas por el viento lejano. Dinosaurios que son lagartos, feroces comilones. El mago es un payaso que tirita de risas.
De pronto, una bruja roba las flores, arrancándolas una a una. De ella era aquella mano que asomaba sus carnes. La flor más pequeña, asustada en sus pétalos, tiembla. La bruja tiene planes macabros. Quiere comerse a la niña. La bruja reta a la niña y a otros niños a bailar como viejitos para evitar la fatalidad. Y danzan y ríen y desafían a la bruja. La bruja pierde el sortilegio.
El teatro se desmonta. Surten los antes ocultos titiriteros, las almas vivas que encarnan personajes que se marchan, dormidos ya, con la música de sus cuerpecillos apagada.
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