Estaba en Roma el 15 de abril del 2002, acompañando al presidente en la beatificación de Sor María Romero cuando recibí una llamada de su excelencia Josep Piqué. No hay que confundir a este ministro de Exteriores del presidente Aznar, con Gerard Piqué, defensa central del equipo culé, seleccionado español, campeón del mundo y marido de Shakira.
El ministro Piqué me invitó al Palacio de Santa Cruz para regañarme porque Nicaragua “no quería dejar navegar armados a los policías de Costa Rica en nuestro río San Juan”. Prácticamente me increpó diciendo que ¿cómo era posible que los nicaragüenses hablásemos de integración centroamericana mientras manteníamos esas diferencias con Costa Rica?
Primero le dije que le agradecía su invitación al Ministerio de Exteriores de España para poder conversar sobre temas de interés común y que esperaba que esa invitación se repitiera con frecuencia (nunca se repitió).
Luego le agradecí que me permitiera expresarle la opinión del Gobierno de Nicaragua sobre ese tema, aunque fuera a destiempo, puesto que él ya se había formado una opinión antes de oírme (siete años después, 13 julio 2009, Arto. 54, Sentencia en el caso Costa Rica vs. Nicaragua la CIJ nos dio la razón).
Seguidamente expresé que era insólito que un español viera la paja sanjuaneña en el ojo nicaragüense y no viera la viga gibraltareña en el ojo español. Que su diferendo continuaba por casi 300 años y eso no impedía la participación de España dentro de la Unión Europea.
Expuse que la pérfida Albión era eterna aliada de Costa Rica contra Nicaragua por la Mosquitia y me extrañaba que España respaldara esa alianza “non sancta”. Finalmente le dije que si un día, Dios nos guarde, a un guardafronteras del país vecino se le escapara un tiro desde una nave armada a un emigrante nica en su río, cualquier nicaragüense que permitiese esa atrocidad sería juzgado con más dureza que Sodoma y Gomorra en el día del Juicio Final.
Esa anécdota con don Josep, tal vez se hubiese olvidado si no fuese porque recientemente conversé con el exembajador Jorge Salaverry que ahora labora en el Estudio Legal Calvo-Sotelo dirigido precisamente por Josep Piqué, y la nota que leí el pasado jueves 29 de agosto del corriente del embajador De la Torre Krais haciendo elocuente defensa del caso español. Por aparte, hoy también me llegó un correo pidiendo apoyo para una: “Carta de un pescador español a la Reina Isabel II”.
Confieso que mi reacción primaria fue mandarles a freír espárragos, pero tras analizar la situación, no hay duda que por humanidad y ecología hay que apoyar a Manuel, que así se llama el pescador español, en su reclamo ante su majestad la Reina de Inglaterra.
Manuel se ha quedado en tierra porque sus compañeros británicos en la Unión Europea han llenado la bahía de Algeciras de antiecológicos bloques de hormigón:
“Somos una familia humilde, que cada día se levanta confiando en que hoy será mejor que ayer. El futuro es nuestra esperanza. Pero ustedes nos lo han hecho pedazos”.
A pesar que Josep Piqué y el gobierno de Aznar, en aquel momento, tomaron partido contra Nicaragua en la disputa con Costa Rica, al menos en privado, debemos prestar nuestra solidaridad para con Manuel y las familias de los pescadores españoles cuya existencia, como la de él, depende del acceso a las aguas de la Bahía de Algeciras que los británicos le disputan a España.
Mostremos la misma humanidad permitiendo a los pescadores artesanales raizales de San Andrés llevar a cabo su pesca de subsistencia en aguas nuestras bajo un generoso régimen de permisos y licencias del Gobierno de Nicaragua, mientras le damos un buen ejemplo de humanidad al imperio británico.
El autor fue Ministro de Relaciones Exteriores de Nicaragua, 2002-2007.
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