Washington/ EFE y AP
El presidente de EE. UU., Barack Obama, anunció ayer su decisión de atacar Siria en represalia por el uso de armas químicas por parte del régimen de Bashar al Asad, algo que considera probado, aunque los expertos de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ), todavía no confirman el uso de tales armas.
Obama, en su alocución, aclaró sin embargo que buscará la autorización del Congreso, lo que aleja la perspectiva de una acción inminente.
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“Tras una deliberación cuidadosa he decidido que Estados Unidos debe llevar a cabo una acción militar contra objetivos militares del régimen sirio”, dijo Obama en una comparecencia en la Rosaleda de la Casa Blanca acompañado de su vicepresidente, Joe Biden.
De acuerdo con funcionarios de la Casa Blanca, Obama había decidido en un principio llevar a cabo la acción militar sin buscar la autorización del Congreso, pero a última hora, en la noche del viernes, cambió de opinión tras mantener largas discusiones con su equipo de seguridad nacional.
APUESTA ARRIESGADA
Durante más de una semana la Casa Blanca advirtió que la intervención militar contra Siria era inminente. Sin embargo, la decisión inesperada de solicitar autorización al Congreso anunciada por el presidente Barack Obama representa una apuesta arriesgada que puede tener efectos devastadores en su credibilidad si al final no hay intervención en respuesta al mortal ataque con armas químicas en el que se cruzó “la línea roja” de la que él mismo habló.
La sorpresiva rectificación también provoca dudas acerca de la firmeza con que el presidente toma decisiones y puede alentar a los líderes de Siria, Irán, Corea del Norte y cualquier otro país a pensar que Obama no respalda sus palabras con acciones concretas.
Y ante la posibilidad de que la intervención sea reprobada por muchos estadounidenses, el comandante en jefe optó por compartir la responsabilidad y pedir a los congresistas que lo apoyen.
El giro de Obama puede traer grandes consecuencias, tanto en Estados Unidos como en el exterior. El rechazo del Congreso a la intervención militar sería una derrota humillante para un presidente en su segundo mandato que aún batalla para tener influencia en Washington. También podría debilitar su prestigio internacional en un momento en que hay dudas sobre la influencia estadounidense, particularmente en el mundo árabe.
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