Francisco Xavier Aguirre Sacasa

El Príncipe cumple 500 años

Desde mediados del siglo XIV hasta finales del siglo XVI, los países de Europa vivieron un período de gran transformación en temas tan diversos como el arte, la arquitectura, la religión, la organización política, la ciencia, el comercio y la ampliación de sus contactos con otras partes del mundo. Durante este tiempo, Europa dejó atrás lo que algunos llaman la era de la fe y otros el medioevo y sentó los cimientos del mundo actual. Tan es así que para muchos historiadores, la historia moderna comienza durante esta época denominada el renacimiento.

Historiadores le aplican este término porque durante esta era Europa redescubrió el arte, la arquitectura y el pensamiento de la época clásica. Redescubrió sus raíces griegas y romanas, y comenzó a girar hacia el humanismo seglar que se impone ahora.

Muchos confunden al renacimiento con la explosión cultural que vivió Italia. Piensan en da Vinci, Michelangelo, Rafaello, Bramante, la Basílica de San Pedro y Brunellesco. Pero si bien es cierto que el renacimiento alcanzó su mayor brillo en Italia, no fue exclusivamente un fenómeno italiano. El renacer también se dio en España con Theotocopuli (mejor conocido como El Greco), Colón y el Escorial, en Inglaterra con Shakespeare, en Alemania con Lutero, en Suiza con Calvino, y en los Países Bajos con Erasmo. Es más, los estados nacionales —que estaban a la vanguardia de la expansión geográfica del “mundo conocido” y del establecimiento de la hegemonía comercial y militar de Europa— eran Portugal, España, Francia e Inglaterra mientras que Italia no logró su unificación hasta 1870.

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Para Niccoló Machiavelli, el príncipe tenía que ser astuto o hábil, en el sentido de mañoso, e inescrupuloso. Escribió que “el príncipe debe de ser un león pero también tiene que saber cómo comportarse como un zorro”. Añadió Machiavelli que el príncipe debería de aspirar a ser amado y temido por sus sujetos, “pero si tenemos que escoger entre los dos, es mucho más seguro ser temido que amado”.

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Una de las estrellas más brillante del rico firmamento del renacimiento fue, paradójicamente, relativamente desconocido durante su vida. Me refiero a Niccolò Machiavelli, hijo de Florencia, para muchos la cuna del renacimiento. Machiavelli nació en 1469 y murió en 1527. Durante su vida fue secretario de la república de Florencia durante 14 años. En esta capacidad, realizó varias misiones diplomáticas que le permitieron participar en el diálogo entre Florencia y los gobernantes y altos funcionarios de las potencias que se disputaban control de la península italiana: Francia, el Imperio Sacro Romano, España y el Papado. También fue escritor.

Cuando Florencia pasó otra vez a las manos de su más connotada dinastía, los Médici, Machiavelli perdió su empleo y prácticamente fue desterrado. Durante este exilio, escribió un panfleto o ensayo que tituló El Príncipe . Hoy se llamaría el gobernante. Se lo dedicó a Lorenzo de Médici en un afán de congraciarse con el hombre y la familia que dominaba la política de su ciudad natal.

Aunque Machiavelli escribió El Príncipe en 1513 —hace quinientos años— no fue publicado hasta 1532, cinco años después de su muerte. Su ensayo analizó la manera en que gobernantes desde la antigüedad hasta el renacimiento habían logrado el poder y se habían mantenido al mando de reinos, imperios, ciudades o de la Iglesia. Machiavelli no se interesaba en como la cosa pública debería de ser manejada sino en como la experiencia demostraba que de hecho se gobernaba. Se limitó a un solo tema: como ser un exitoso gobernante. Y describió exitoso como tomar o heredar y, sobre todo, conservar el poder. Eficiencia y eficacia en la toma y el ejercicio del poder fue su enfoque.

En El Príncipe , Machiavelli no recomendó acciones idealistas o éticas. Sin haber usado las expresiones, creía en real politik y en la tesis que el fin justifica los medios para lograrlo. Para Machiavelli, el príncipe tenía que ser astuto o hábil, en el sentido de mañoso, e inescrupuloso. Escribió que “el príncipe debe de ser un león pero también tiene que saber cómo comportarse como un zorro”. Añadió que el príncipe debería de aspirar a ser amado y temido por sus sujetos, “pero si tenemos que escoger entre los dos, es mucho más seguro ser temido que amado”.

Por osar poner en blanco y negro estos pensamientos, Machiavelli, pasó a la historia como famoso e infame. Ha sido contrastado con Tomás Moro, su contemporáneo y el canciller o primer ministro británico, que fue decapitado por Enrique VIII por oponerse al divorcio del rey Tudor de su primera esposa y su separación de la iglesia inglesa de la de Roma. Por su compromiso para con principios morales, Moro fue santificado por el Vaticano y es, irónicamente, el patrón de los políticos.

Pero Nicoló logró igual o más fama al haber pasado su apellido al vernáculo mundial como el adjetivo “maquiavélico” para denotar cualquier acción inescrupulosa o amoral. Y es considerado el padre de la ciencia política y de los politólogos, a pesar de que muy pocos de ellos se atreverían a endosar sus tesis. Pero a Niccolò poco le importaría esto porque —donde sea que se encuentre— sabe que la mayoría de sus discípulos se encuentran en casas presidenciales o en otros centros de poder político, económico, académico o religioso, entre otros. Sospecho que muy pocos de los poderosos se hayan tomado el tiempo de leer su obra que, repito, cumple 500 años de escrito en 2013. Sin embargo, cuando principios y valores chocan con realidades o su ambición, rinden inconscientemente homenaje a Nicolò ¡actuando maquiavélicamente! El autor fue Canciller de Nicaragua y es un historiador.

COMENTARIOS

  1. Luis
    Hace 13 años

    Hay opniones diferentes al respecto de la obra del Príncipe leí en alguna publicacion que la obra se habia basado en la vida de Cesar Borgia no de Lorenzo de Medici, talvez alguien más tenga informacion al respecto y pueda aclarar un poco más.

  2. Blanka Callejas
    Hace 13 años

    Muy interesante su escrito y la manera de consesarlo . Le felicito

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