El filme italiano Malena (2000, Giuseppe Tornatore) que reveló a la estupenda Mónica Bellucci y al mozalbete Giuseppe Gulfaro, me recuerda a Nicaragua.
La cinta, más que abordar el despertar romántico y sexual de un adolescente a inicios de la Segunda Guerra Mundial, descubre el terrible drama de una sociedad sometida por los poderosos de turno, ejecutores de abusos y violencia.
La música de Ennio Morricone acompaña la historia e imprime el boleto que transporta hasta el pueblo de Castelgutó, Sicilia, para convertir a los cinéfilos en testigos del miedo y actitudes de una sociedad fracturada que muestra —como ocurre en tiempos de crisis— lo mejor y lo peor de las personas.
Ante la partida de su marido a la guerra, Maddalena Scorcia es objeto de las embestidas de los machos, la envidia y celos de las mujeres, hasta que agobiada por el peso de la indefensión y la pobreza sucumbe y se prostituye progresivamente. Los políticos y notables locales, y los invasores alemanes —no faltaba más— se convierten en sus verdugos.
Es la nueva vida de Malena, con dolor, inmersa en su miserable circunstancia y rodeada de las cuitas que los demás entregan con diligencia. Así, hasta que ¡sorpresa!, la guerra finaliza y tras un ajuste de cuentas propinado por las madonas pueblerinas, Malena huye del pueblo mientras el marido —que había dado por muerto— regresa a buscarla.
Habiendo terminado el conflicto bélico, como por efecto mágico Castelgutó se transforma. Los simpatizantes nazis cambian de ropaje, los mismos son otros, las banderas con la esvástica son retiradas y sustituidas por la de Estados Unidos, los libertadores.
Al final Malena y Nino deciden regresar al pueblo. El cambio de sus abusadores es fascinante. Las mujeres rompen el hielo y se deshacen en atenciones con la que fue el deseo y amante pública de sus maridos. Los varones guardan silencio. El reino del paréntesis del miedo se reacomoda. Tratan a la pareja como quien dice aquí no ha pasado nada.
Luciano Vincenzoni, autor y guionista de la historia, ha debido entender bien la Europa de los años cuarenta y los horrores vividos, que algunos decidieron sepultar pero que él resucita y exhibe ante las nuevas generaciones.
No obstante queda la duda si el acuerdo tácito de los habitantes para olvidar lo ocurrido en un abrir y cerrar de ojos es para iniciar un nuevo camino o simplemente el paso natural de regreso a las reglas hipócritas, el comportamiento a sottovoce.
Nicaragua se asemeja a la vida de esta mujer. A muchos les ha resultado conveniente no recordar la historia, ni ver la violencia, ilegalidades y desmanes de los gobernantes, políticos y grupos económicos que han sangrado y sangran los recursos de la nación, convirtiendo a sectores de la ciudadanía en nuestra Malena, que transita las calles sin nadie que —hasta ahora— la sepa defender.
Cuando cambie la suerte de Nicaragua —va a cambiar— no habrá que repetir errores, como cuando se cerraron los ojos pretendiendo olvidar las responsabilidades del desgobierno de Daniel Ortega por diez lamentables años hundiendo al país en su mayor pobreza, que hoy sin vergüenza y evadiendo el debate público achaca a “los gobiernos neoliberales”. El autor es periodista.
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