Editorial: Los síntomas de la dictadura
En medicina, se le llama síntoma a la manifestación externa y sensible de una enfermedad. Y en general se entiende como síntoma la señal de algo que está sucediendo o va a suceder. De manera que así como en la medicina se diagnostica una enfermedad por medio del conocimiento de los síntomas, también en política la observación de las acciones de un gobierno (o sea de sus síntomas) permite determinar cuál es su calidad, democrática o dictatorial.
Actualmente, en Nicaragua se discute si el régimen de Daniel Ortega es o no es una dictadura. Para algunos no cabe ninguna duda de que es un régimen dictatorial. Sin embargo, para otros es solo una democracia imperfecta, pues dicen que si no hay presos políticos ni se tortura ni se asesina a líderes opositores, no puede ser una dictadura. Además, dicen que Ortega fue elegido por los ciudadanos y por lo tanto, a pesar de las denuncias de fraude electoral llena el requisito básico de la democracia.
Pero la verdad es que a juzgar por sus hechos —o sea sus síntomas— el régimen de Ortega sí es claramente una dictadura. Tal vez en sus aspectos formales el régimen orteguista no sea igual que la dictadura somocista, pero por su contenido y por sus acciones políticas y antijurídicas no cabe duda de que es un gobierno dictatorial.
Al respecto el editor de LA PRENSA, Fabián Medina, mencionó este jueves 22 de agosto en su columna En Letra Pequeña , algunos actos del régimen de Daniel Ortega que los ciudadanos no deberían olvidar.
Recordó Medina la agresión física brutal contra la activista de la sociedad civil, Leonor Martínez, el 22 de octubre de 2009; el ataque de turbas oficialistas contra funcionarios del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh), el 16 de octubre de 2008, frente a la sede del Ministerio Público; la agresión contra miembros de la Coordinadora Civil, en agosto de 2009, incluyendo al periodista Mario Sánchez; la represión contra el misionero cristiano de origen italiano Alberto Boschi, dirigente del MRS, a quien se le imputó una absurda y no demostrada acusación para condenarlo, despojarlo de la ciudadanía nicaragüense y echarlo del país; la insólita sentencia contra LA PRENSA en 2007 por unas supuestas injurias y calumnias que nunca ocurrieron y mucho menos que se probaran; la brutal agresión contra el líder liberal Jaime Chavarría en julio del 2007, y la más reciente, el 22 de junio pasado, contra los jóvenes solidarios con los ancianos a quienes las turbas vapulearon y robaron ante la mirada cómplice de la Policía.
Muchos otros casos se podrían mencionar, como advirtió Medina. Agregar, por ejemplo, la agresión que sufrieron las mujeres de Nueva Guinea, incluyendo abusos lascivos por parte de los policías que las reprimieron por protestar contra el fraude en las elecciones municipales de noviembre de 2008. El asesinato de tres campesinos miembros del PLI, en El Carrizo, en noviembre de 2011, porque rechazaron otro fraude electoral. Y se puede mencionar también los despojos a empresas extranjeras y a empresarios nicaragüenses, de los cuales el más reciente es el caso del muelle de Milton Arcia en el Malecón del lago de Managua, esta misma semana.
Esos actos no son propios de ninguna democracia, ni siquiera de la más incipiente e imperfecta. Son síntomas inequívocos y brutales de una dictadura que, por no tener ningún freno ni escrúpulo, irá siendo peor cada vez.
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