Rosa María Vivas Moncada
Los resultados de las pruebas PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos) en el 2009 indican que un 50 por ciento de los estudiantes de Brasil, Argentina, Panamá y Perú no alcanzan siquiera el nivel 2, considerado como lo mínimo necesario en lectura. En contraste, 90 por cierto de los estudiantes de Finlandia, Corea del Sur, Hong Kong y Shanghai alcanzan este nivel. Latinoamérica y el Caribe obtienen sistemáticamente peores resultados que lo que predirían su nivel de ingreso per cápita o su gasto en educación.
La última vez que Nicaragua participó en pruebas internacionales comparativas a nivel regional, con las pruebas Serce (Segundo Estudio Regional Comparativo y Explicativo), de los 16 países latinoamericanos que participaron Nicaragua fue uno de los cinco (junto con Ecuador, Guatemala, Paraguay y Panamá), que obtuvo puntajes por debajo del promedio regional en todas las materias evaluadas. Más de la mitad de los estudiantes de tercer grado se clasificaron en los niveles más bajos de la prueba en Matemáticas del 2006, donde los países con mejores puntajes fueron Cuba, México, Costa Rica y Uruguay.
Ante estas evidencias que reflejan un pobre desempeño y el reflejo de la calidad educativa en el país, urge reevaluar la ruta del desarrollo para la Nicaragua del siglo XXI, con un modelo educativo insertado en un contexto que se caracteriza por un crecimiento acelerado de las comunicaciones digitales, el acceso libre y sin censura a la información, la competitividad sin fronteras, los libres mercados y la globalización. El desafío ya no es solo de acceso o cobertura a las instituciones escolares sino de la calidad de los aprendizajes, y que sea precisamente este modelo educativo de calidad al que accedan todos los niños nicaragüenses. Desde que se concibió la calidad como la unidad de medida de todos los sistemas educativos se comenzó a entender al niño o la niña con las capacidades para desarrollar habilidades y competencias para la vida como lo son el pensamiento crítico; solución de problemas; innovación; colaboración; cívicamente hábil; globalizadamente, informáticamente y financieramente alfabetizado; emprendedor y con razonamiento ético. Con estas competencias adquiridas hablamos del ciudadano del siglo XXI, con herramientas y conocimientos para decidir mejor cumpliendo con indicadores de excelencia como competitividad, empleabilidad y movilidad.
Desafortunadamente la educación de calidad aún es privilegio de un sector reducido de la sociedad, perpetuando el modelo de inequidad que de este y de los anteriores gobiernos ha sido la meta erradicar. Para todos los nicaragüenses urge dar solución a los desafíos de promover el acceso a la educación de calidad, fortalecerla; hacer de esta el tema prioritario en la agenda de cada país que contribuirá a su desarrollo económico y cultural porque sienta las bases de la convivencia, la competitividad económica y facilita la cohesión social disminuyendo las brechas de la iniquidad. Para ello es fundamental el consenso de las prioridades, la inversión estratégica en la calidad de la formación inicial y continua de los docentes, la inclusión digital, bibliotecas actualizadas en los centros educativos, entre otros. Por lo tanto, se concluye que alcanzaremos un verdadero desarrollo humano sostenible y una verdadera revolución educativa cuando esta se convierta en el principal y verdadero megaproyecto de país.
La autora es directora ejecutiva Foro Eduquemos.
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