Quizás causará gran extrañeza este artículo, pero si antes de casarse las parejas estuvieran convertidas, es decir vueltas a Dios, nos evitaríamos miles de matrimonios destruidos y centenares de niños abandonados. Gozaríamos además de un mundo menos malo y, consecuentemente, más humano y cristiano.
Como el matrimonio es una vocación de gran responsabilidad ante Dios y el cónyuge, se necesita de una madurez espiritual que solo mediante el contacto asiduo con Dios y la entrega del corazón puede llevarse a cabo, pues ¿cómo vamos a emprender esta misión, repetimos, si no estamos preparados? Solo la conversión, el amor a Dios y al prójimo son los únicos que nos capacitarán para cumplir esa tarea a la que nos comprometimos.
Cuando dos jóvenes contraen matrimonio únicamente porque “se gustaron” sin conocerse a fondo el uno al otro, y sin estar conscientes de la nueva vida que abrazan y mucho menos sin convertirse a Dios, por mucho que juren adorarse, es probable que irán rotundamente al fracaso ante cualquier desavenencia como pareja y como padres de familia —como lo vemos cada día— pues cuando Dios brilla por su ausencia en un hogar, impera irremisiblemente el egoísmo y la terquedad de ambas partes sin dar lugar a la reflexión cristiana, ya que —movidos por su manera natural de actuar— cada cual tirará por su lado como mejor le plazca, destruyendo su matrimonio precisamente por no tener como base a Dios.
Prueba de ello es que cuando hasta en el ocaso de la vida un hombre o una mujer se convierten entregándose a Dios, es entonces y solo entonces, después que han pasado veinte años de matrimonio que abren sus ojos a la realidad, dándose cuenta que como pareja y progenitores han sido un desastre, comenzando a rectificar sus actitudes negativas con respecto a los suyos. ¿No habría sido mejor que hubieran tomado conciencia antes de casarse, evitando tanto sufrimiento a su familia?
Pero esta conversión no es tardía, porque Dios siempre nos espera, pero sí retrasada en cuanto al daño que hemos causado hasta antes de nuestra conversión.
Podríamos argumentar que si esperamos a que si los novios se conviertan antes de casarse, nadie lo haría. Pues bien: la conversión viene sola y únicamente de Dios, porque es un don divino, contando, por supuesto, con nuestra correspondencia, la gracia, pero disponemos de los medios que Él mismo ha puesto para ello: la oración, la lectura espiritual, la recepción de los sacramentos y la predicación, a las que todos tenemos acceso.
Si bien es verdad que desde hace años la Iglesia viene impartiendo cursos prematrimoniales a los futuros esposos, la experiencia demuestra que quizá no son suficientes en cuanto a preparación y tiempo que se requiere para la gran tarea que una pareja emprenderá al desposarse.
En vista de esto, sería conveniente impartir cursos permanentes de concienciación cristiana a parejas y también como futuros padres de familia, enviándolos para esto a orfanatos o salas cuna —como se hace en otros países— a fin de que vayan aprendiendo a atender a sus futuros niños mediante contactos y ensayos con los infantes del orfanato.
Por otra parte no debería concederse permiso para casarse a adolescentes —quizá niños— porque precisamente carecen de la responsabilidad que deben tener para abrazar un género de vida, que es exclusivamente para adultos: el matrimonio.
Tampoco deberían concederles una “dispensa”, ya que esta no los hará madurar, sino la mayoría de edad y la correspondiente concienciación moral y espiritual.
Preparemos a los jóvenes y futuros progenitores para poder obtener seres humanos más sensibles, más conscientes y cristianos, pues recordemos que la base del mundo de la Iglesia y de la sociedad es y seguirá siendo siempre la familia.
La autora es secretaria ejecutiva.
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