La lluvia se desborda como tela rala que cae sobre la tierra. Las nubes grises regalan sonidos concretos a los jugadores que disponen el tablero como pequeña galaxia de poder. Manos descontroladas son las que guían la partida.
La estrategia, el paso exacto entre los peones, la apertura de los alfiles en la calle real, el movimiento perfecto, la sorpresa de la posibilidad no imaginada apareciendo como batalla develada. Todo está como escrito de previo y acontece.
Nos alumbra el rostro un jaque mate decisivo, quizá. El té humea sobre la mesa. El café serpentea su caracol remolineado de espumajos.
La potencialidad se abre a una profundidad de ensueños, un grito se escucha al oeste y otro grito calla al este. Son las voces de los transeúntes en el parque. Vendedores de algodón ofrecen su descarga de azúcar al paladar de quien compre.
La torre sale hacia delante. ¡Jaque! El rey se zafa igual que el presidente. Este ajedrez es una micropolítica conmovedora, el micromundo de roces de fuerza. Pasan los tamales en La Glorieta. Comemos un tamal. Marcelo tiene una incredulidad esperanzada. Naomi juega en el columpio, su infancia es más sutil que sus temblores nocturnos.
Masaya es una feria permanente. El parque es un circo vivo. Denis viene con el pan, desde Ciudad Sandino, acarreando el canasto a cuestas.
Nos observa desde unos ojos de verdadera nostalgia, asentados en lo cóncavo de su fe. Denis escucha con sus mejillas cansadas, sus fuerzas interiores nos develan una humildad maestra. Así se nos va la tarde, así se nos va la vida …
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