Hacer de algo un fetiche, ya sea un objeto o un concepto, es atribuirle poderes mágicos o sobrenaturales. Pero esto es algo que el poder político ha puesto de moda en Nicaragua, y ha influido hasta en la oposición, en la que se habla de unidad opositora, ante todo unidad liberal, como si fuese una fórmula mágica para derrotar al régimen autoritario de Daniel Ortega y restaurar las instituciones democráticas que han sido erosionadas.
Al parecer el pensamiento político opositor quedó anclado en la fecha del 5 de noviembre de 2006, cuando se realizaron las elecciones que permitieron a Daniel Ortega recuperar el poder después de tres derrotas electorales consecutivas. En aquella elección presidencial la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN) y su candidato, Eduardo Montealegre, recibieron el 28.30 por ciento de los votos; el Partido Liberal Constitucionalista (PLC), que llevó de candidato a José Rizo, obtuvo el 27.1 por ciento y el MRS, con la candidatura de Edmundo Jarquín alcanzó el 6.29 por ciento. O sea que entre los tres partidos democráticos sumaron 61.7 por ciento de todos los votos contados, pero Ortega ganó la elección con solo el 37.99 por ciento de los sufragios gracias, sin duda, a la división del voto democrático.
Los liberales volvieron a presentarse divididos en las siguientes elecciones, el 6 noviembre de 2011, pero esto ya no tenía importancia, porque el resultado de los comicios había sido previamente arreglado por el corrupto Consejo Supremo Electoral (CSE), dominado por Daniel Ortega, quien se hizo reelegir con el 62.46 por ciento de los votos, violando además la prohibición constitucional de la reelección presidencial consecutiva y por una segunda vez. En esa ocasión, el Consejo Supremo Electoral le reconoció a los cuatro candidatos de la oposición el 37.53 por ciento de la votación total, del cual, 31 por ciento fue para la Alianza PLI y su candidato presidencial don Fabio Gadea Mantilla, y apenas el 5.91 por ciento para el PLC y su patético caudillo Arnoldo Alemán Lacayo.
Pero eso es historia. Ahora, es incuestionable que la oposición está en bancarrota política y moral, y que aunque hubiese elecciones limpias y se unieran todos los liberales y demás grupos opositores alrededor de un solo candidato, no le podrían ganar a Daniel Ortega o a cualquier otro candidato del orteguismo. De manera que, aunque la unidad opositora sea un factor de mucha importancia, no es un fetiche que por arte de magia va a convertir a la oposición en la gran fuerza social y electoral que se necesita para derrotar al orteguismo. En realidad, para que la oposición democrática republicana vuelva a ser mayoría electoral (como lo fue en 1990, 1996 y 2001), primero tiene que reconstruirse, depurarse, superar sus lastres políticos y morales y liberarse de las personas que la llevaron al desastre.
Solo así la oposición podría volver a cautivar la imaginación y el respaldo de la mayoría de los nicaragüenses, que seguramente siguen siendo democráticos, pero por ahora están enojados, decepcionados y desmoralizados, ante tanta corrupción e incompetencia de los partidos opositores, o lo queda de ellos.
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