En la Calle Real, en León de Nicaragua, frente a la portería del viejo claustro de frailes menores, de San Francisco, que está contiguo al templo, se encuentra una casa de cinco puertas al exterior, con sus enormes herrajes de tiempos antiguos y su portón a la calle. Esta casa es todo un ensueño, digna de ser habitada por un marqués; que en el siglo XIX fuese por un tiempo el hogar del diplomático más importante que recibiera el país en esa época, el norteamericano E. G. Squier.
La casa adquirida recientemente de la familia Deshon por Ramiro Ortiz Mayorga (persona a quien las autoridades y la sociedad de la ciudad hace mucho tiempo debieron de haberlo declarado “hijo dilecto de la ciudad”, por ser sin lugar a dudas el leonés que más ha contribuido al embellecimiento, restauración y promoción de León), dentro de poco tiempo será abierta al público para ser un museo más de la Fundación Ortiz- Guardián. Los cuatro corredores tradicionales de la casa colonial leonesa, una bella fuente en donde el agua cascabelea, dejándonos un tono romántico que nos recuerda nuestros ancestros moros; y una composición de arcos de maderas que atraen la mente y nos eleva a lo lejano del viejo alcázar de Granada en España, hacen de este edificio un lugar que a mis lectores les recomiendo visiten.
Squier vino a León a finales de junio o principios de julio de 1849. En ese tiempo ya existía en la ciudad un cónsul norteamericano de apellido Livington y Squier habitó la casa. Venía con la juventud en sus labios, ya que tenía apenas 28 años. Nacido en Bethlehem, Nueva York y representando al presidente Zachary Taylor como encargado de negocios de su país, fue el primero, de doce que le antecedieron, que dispuso radicar en Nicaragua y no en Guatemala, como sus antecesores. Fue recibido con los más altos honores, el propio obispo de la diócesis salió a su encuentro. Ocupaba la misma el doctor Jorge de Viteri y Ungo.
La tradicional casa que ocupara tenía un jardín a su interior como muy bien lo describe Squier en su libro: “Todas tienen un espacioso patio sembrado de árboles frutales o simplemente frondoso”. Una casa que al decir de Salomón de la Selva era “sombrosa y fresca; en medio tenía un jardín, donde crecen árboles frutales y amapolas como un pequeño ejército, hilera tras hilera, y matas de jazmines que te evocan la nieve: Tan blancos y tan leves; tan perfectos y delicados que cuando sopla el viento Aletean y alzan el vuelo”.
La arquitectura de esta casa hoy restaurada, sus amplios corredores, nos evoca cuando quizás Squier, posiblemente en una hamaca, oyendo el canto cadencioso de algún alcaraván, o el maullar soñoliento de algún gato, acompañado de su dibujante James McDonough, escribiera los primeros borradores de su obra “Nicaragua: su gente, paisajes y monumentos”, publicado en el año de 1852 (hoy totalmente agotado) que según su traductor al español Luciano Cuadra es: “Una apología, una glorificación de nuestro país”; y leído indudablemente tiempo más tarde por un sureño nacido de Nashville, Tennessee: William Walker.
De su bien hilvanado libro, como lo califica certeramente el doctor Jaime Incer en su bello ensayo “E. G. Squier: su tiempo; su misión y su legado”, Walker pudo apreciar desde lejos todo el potencial que la obra mostraba y las oportunidades que encerraba esta patria chica, siendo posiblemente una especie de Estrella Polar, para dirigirse a Nicaragua con sus planes filibusteros. De uno de sus cuartos, un poco nervioso, en una mañana leonesa, salió Squier envuelto en su traje diplomático y su sombrero de panamá para presentar credenciales a la casa del director Supremo del Estado Norberto Ramírez Areas que quedaba a escasa media cuadra y que hoy alberga al principal museo de la Fundación.
La restauración fue dirigida por el arquitecto Arturo Chamorro Baca, quien ha sabido mezclar dos cosas a veces difíciles de conjugar: el dinero y el buen gusto. La obra ha quedado magistral, León ha rescatado parte de su patrimonio y nosotros los nicaragüenses debemos apreciarlo y agradecerlo. El autor es abogado leonés.
Al decir de Salomón de la Selva la casa era “sombrosa y fresca; en medio tenía un jardín, donde crecen árboles frutales y amapolas como un pequeño ejército, hilera tras hilera, y matas de jazmines que te evocan la nieve: Tan blancos y tan leves…”
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