Adolfo Acevedo Vogl
Economista
Durante la fase del bono demográfico, la población en edades productivas experimenta su mayor crecimiento en la historia como porcentaje de la población total. Ello ocurre porque cada año se incorporan por oleadas a la edad laboral decenas de miles de jóvenes de las cohortes que nacieron en etapas anteriores, cuando la tasa de fecundidad era mucho más elevada.
En esta fase, Nicaragua es todavía una sociedad predominantemente joven. El 55.9 por ciento de la población nicaragüense tiene 24 años o menos. Los niños y adolescentes representan un 46 por ciento de la población. La edad mediana de la población es de solo 22 años. La población en edad de trabajar representa alrededor del sesenta por ciento de la población.
La juventud es la fase del desarrollo en que las personas se encuentran en la mayor plenitud de sus capacidades físicas y corresponde a la inserción activa en el mundo laboral y social. Desde este punto de vista, el aprovechamiento pleno del bono demográfico depende de la calidad de las oportunidades laborales que un país pueda abrir a sus jóvenes.
Es decir, dependerá de que el fuerte crecimiento de la población en edades productivas, resultante de la masiva incorporación de jóvenes a la edad laboral, se encuentre acompañado por la creación paralela de empleos de productividad elevada y creciente, es decir por la creación de empleos de cada vez mayor calidad.
Dependerá también de que dicha población se encuentre habilitada con los crecientes niveles de calificación requeridos para desempeñar estos empleos. Sin embargo, en Nicaragua, como hemos subrayado, el mayor crecimiento en la historia de la población en edades productivas ha estado acompañada, en las últimas décadas, por el hecho de que siete de cada diez empleos generados han sido empleos precarios e informales, de muy baja productividad.
El drama de la fase del bono demográfico en Nicaragua se refleja en el hecho de que, de cada 100 trabajadores jóvenes de 18 a 20 años, 71.5 padezcan de desempleo ampliado o subempleo; que de cada 100 trabajadores de 21 a 23 años, 66.2 carezcan de dichos índices de subutilización laboral; y que 60.6 por ciento de cada 100 trabajadores de entre 24 y 26 años, también padezcan de dicho flagelo. Al mismo tiempo, los niveles promedio de escolaridad de los trabajadores jóvenes es sumamente bajo.
El Banco Mundial encuentra que se requieren al menos 11 años de escolaridad (la secundaria completa) para poder aspirar a un ingreso laboral que comience a superar el umbral de la pobreza. Personas con niveles de escolaridad inferiores se verán condenadas con toda probabilidad a vivir bajo el umbral de la pobreza.
De acuerdo a las cifras de la ENMV 2009, la escolaridad promedio de los jóvenes provenientes del ochenta por ciento de los hogares correspondientes a los cuatro primeros quintiles de ingreso, estaba por debajo de ese umbral mínimo.
Este es el círculo vicioso que impide aprovechar plenamente el bono demográfico, y que condena a la mayor parte de los jóvenes del país a la imposibilidad de desarrollar plenamente sus potencialidades.
Por una parte, la economía genera predominantemente empleos precarios e informales, de muy baja productividad, que para ser desempeñados no demandan de mucha calificación. Por otra parte, una fuerza de trabajo caracterizada por su bajísima calificación, la cual puede ser absorbida fundamentalmente por este tipo de empleos precarios.
Si no se consigue romper este círculo vicioso, la oportunidad representada por el bono demográfico se habrá perdido para siempre, y el país arribará en unas pocas décadas más a la siguiente fase de la transición demográfica —la fase del envejecimiento poblacional—, siendo un país de bajos ingresos
Afortunadamente, existen opciones. En primer lugar, diversificar la estructura productiva y la estructura del empleo, trasladando crecientemente factores productivos desde los sectores y actividades de baja productividad, bajo valor agregado y limitado dinamismo de la demanda, hacia nuevos sectores y actividades de cada vez mayor productividad, mayor valor agregado, más intensivas en conocimiento y mayor elasticidad ingreso de la demanda interna y externa.
Esto también posibilitará una inserción internacional que promueva el desarrollo.
El resultado de este proceso de diversificación productiva será que la economía comenzará a generar predominantemente empleos de cada vez mayor productividad, es decir, empleos de calidad y remuneración crecientes.
En segundo lugar, el desarrollo de una plataforma de recursos humanos no solo dotada del tipo de calificaciones que los habilite para poder desempeñar los empleos que demandara el proceso de cambio productivo estructural, sino para poder avanzar en el desarrollo de la capacidad tecnológica del país.
En tercer lugar, desarrollo de la capacidad del país para asimilar, adoptar, adaptar, mejorar y desarrollar el conocimiento y la tecnología, que lo capacite para llevar a cabo su propio esfuerzo de emulación orientado a reducir la brecha tecnológica.
El desarrollo de esta capacidad es lo que hará posible un proceso de incesante diversificación de la estructura productiva, mediante el cual, como resultado de la innovación tecnológica, se van implantando nuevos sectores, incluyendo de forma creciente los intensivos en tecnología.
No se sabe hasta dónde podría llevarnos un esfuerzo nacional sostenido de desarrollo, que concentre las energías y recursos del país en esta dirección, pero el peor escenario posible, desde todo punto de vista, es aquel en que dicho esfuerzo no se lleva a cabo.
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