Los acontecimientos de Egipto confirman, una vez más, que las revoluciones son como los terremotos, en los cuales el sacudión inicial es seguido de réplicas a veces incluso más fuertes que el movimiento original. Queremos decir con esto que las revoluciones pasan por distintas etapas, en unos casos de radicalización y consolidación y en otros de regresión, pero siempre mediante movimientos convulsivos pues ellas desencadenan inmensas energías sociales que durante largo tiempo estuvieron inactivas.
En este sentido, el golpe de Estado del miércoles pasado en Egipto, mediante el cual los mandos militares derrocaron al presidente Mohamed Morsi respondiendo así a la presión callejera de las masas populares de orientación democrática, se puede considerar como el comienzo de una nueva etapa de la revolución egipcia que comenzó en febrero de 2011 con el derrocamiento de la dictadura de Hosni Mubarak, y todavía no termina.
Los analistas internacionales conocedores de la situación egipcia aseguran que el golpe de Estado era inevitable, pero Morsi y su partido de los Hermanos Musulmanes no pudieron o no quisieron evitarlo, por sectarismo y ensoberbecimiento del poder. Lo cual ha sido lamentable, porque Morsi fue el primer presidente egipcio elegido en elecciones libres. Sin embargo, su desastroso desempeño gubernamental fue “una historia de cómo no se debe guiar y gobernar”, según ha señalado el analista Michael Hanna, del centro de investigaciones políticas Century Foundation de Nueva York.
Cuando fue elegido Morsi prometió que no aprovecharía el poder para imponer el programa y las ideas de su partido fundamentalista. Fue un compromiso sensato, habida cuenta de que la cultura política laica es muy fuerte en Egipto. Pero Morsi no cumplió su promesa. Durante el año que ejerció la presidencia concentró poderes excesivos, quiso controlar el Parlamento y el Poder Judicial, agravó la mala situación económica del país, decretó una devaluación monetaria del diez por ciento, hizo que las reservas de divisas cayeran en un sesenta por ciento y que el desempleo pasara del veinte por ciento. Debido a las autoritarias políticas de Morsi el Poder Legislativo estaba funcionando a medias, la Corte Suprema declaró ilegales la elección de la Cámara Alta y la composición de la Asamblea Constituyente, y la nueva Constitución ahora congelada fue aprobada solo por una minoría de la población. Además, Morsi quiso imponer una ley para controlar las organizaciones de la sociedad civil y fue hostil a la prensa independiente y la libertad de expresión.
De manera que había razones para que la población democrática se volviera a lanzar a las calles, para exigir la renuncia de Morsi, hasta que los militares forzaron el cambio de gobierno. Sin embargo, aunque los Hermanos Musulmanes son minoría tienen mucha fuerza interna y exterior y no se puede decir que la situación está resuelta.
Lo deseable es que este nuevo episodio de la continua revolución egipcia sirva para establecer un sistema político auténticamente democrático, que asegure la indispensable estabilidad nacional. Lo cual es factible, considerando que al frente del gobierno provisional se encuentran personas democráticas confiables que son respaldadas por los amplios sectores laicos, musulmanes moderados y cristianos de la convulsa sociedad egipcia.
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