Joaquín Absalón Pastora
¿Soberanía o Canal? La interrogación podría ser un dilema, lo uno o lo otro. Creo que no debería ser así. Las dos conquistas incluidas. La pretensión ha sido teórica y no real en los países donde se han concretado semejantes propósitos.
Cuál es el mal menor en la coexistencia de dos conceptos que ondean entre la dignidad de la auto-determinación y el pragmatismo de un plan, dibujado por la ilusión, medalla tatuada de oro soñado, mientras la libertad es intangible: no se ve, no se toca, no se come diría un jayán de la practicidad.
La soberanía es el ejercicio del poder del Estado. Se derivan de esa calificación, tantas formas una de las cuales se vanagloria de ser “popular”, donde el pueblo la ejerce.
En nuestro sistema usurpar ese estilo ha caído en la formalidad pues solo figura en rótulos y discursos. “El pueblo Presidente” y nunca se le pide opinión, solo se limita a oír con la cerviz hacia abajo. Dentro de la percepción que brevemente expongo existe el otro: La noción clásica: la soberanía del monarca. Esa es la que funciona en Nicaragua. La dominante vocación autoritaria decide y el séquito de palacio —los cortesanos— aplauden.
Los filósofos discrepan, unos redentoristas (Schopenhuer), otros más severos, confesos en la actitud de razonar con el martillo (Nietzsche). Para este “a veces el valor de una cosa reside no en lo que con ella se alcanza, sino en lo que por ella se paga”. De tinta amarga se han llenado las facturas que los redentores ponen en el destino de los pueblos.
La libertad, la soberanía son las recurrencias, los pretextos para alzar la llama de las revoluciones. Pero una vez que llegan al poder, se vuelven más opresivas que los sistemas derrocados. Para demostrarlo sobran ejemplos. Comienzan en casa. Zelaya, polémico en el blanco y el negro del equilibrio, ofrece las páginas de cristal de una libérrima, pero estas fueron rotas. El mismo rumbo tomó la proclama de la revolución sandinista.
Con motivo de haberse anunciado un Canal Interoceánico por Nicaragua, las páginas públicas están llenas de patriotismo —y con justificación— en casos como el planteado. El preámbulo de una ilusión corre sobre aguas en la antípoda, envuelve a China en un hermético pañuelo que por lo públicamente dicho oculta magias y malabarismos.
Atrapados por la hechura de su Canal, a cuántos panameños no oí vociferar contra la violación de sus aguas, tendidos los cordones de la bota militar yankee en la humillación aun no olvidada. Pero ellos los estadounidenses pusieron la plata porque los panameños no la tenían. Ese era el costo que debían pagar. La dolorosa factura que sin hablar de Canal expone el filósofo.
Creo, situándome en posición símil a otros criterios que lo puesto en las órbitas del viento es un globo soplado por las esferas de poder para fortalecer entre otras, la imagen de la indispensabilidad. Así fue ayer. Así es hoy. El fantasma parece tener reiteración cíclica. Se va y vuelve. Si tuviera el tonelaje de la carne y el hueso para lograr la transfiguración, ahí pudiera plantearse el dilema: soberanía o canal, pero no las dos concepciones juntas porque Nicaragua carece de dinero para implementarlo. Necesita de padrinos de afuera. Y ellos no van a invertir por amor a una patria que no es de ellos.
El autor es periodista