En una época en la que atletas o individuos en general creen que fama y dinero los sitúa encima de las reglas básicas de convivencia social, un muchacho esforzado y sin una estructura física llamativa, se abrió paso a puras agallas y trabajo serio.
Cada vez que se le presentó un reto duro, Everth Cabrera lo vio como un chance para crecer, y pasó de Nandaime a Dominicana, y de Clase A a Grandes Ligas. Y una vez arriba, sin deslumbrar, probó que pertenecía ahí.
Y así, Everth nos parecía cercano y a la vez distante. Su juego subió a niveles referenciales, pero la proximidad humana continuó siendo palpable, gracias a su sencillez.
Entonces lo comenzamos a ver no como el súper atleta, sino como el joven que se hizo cargo de sí mismo y no solo se burló de proyecciones que limitaban su futuro, sino que pudo asomarse entre los grandes y sin complejos.
Eso ha pasado este año, en el que se ha sacudido su supuesta inhabilidad para batear con ritmo sostenido. Sus piernas se volvieron más ágiles y su capacidad de decisión se agudizó. Y cuando estábamos celebrándolo, vino el balde de agua fría.
A Cabrera se le vincula de tener nexos —no sé de qué tipo— con una clínica acusada de expender sustancias prohibidas para mejorar el rendimiento. Está bajo sospecha y los posibles desenlaces van desde inocencia hasta suspensión.
Sea cuál sea el escenario, estoy entre quienes han decidido ofrecerle una palmada en la espalda. No sé si usó esteroides. Si lo hizo, falló y espero haya aprendido que los atajos, no permiten necesariamente llegar primero. Si no, tremendo. Con su ejemplo tocará a más personas.
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