Es increíble cómo frente a las claras ventajas que representan la libertad y la institucionalidad para el desarrollo de las naciones todavía abunda gente y gobiernos que insisten en tomar una dirección contraria.
Una y otra vez se ha demostrado que al progreso inevitablemente le siguen la libertad —que incluye el libre mercado— y la institucionalidad. Eso sí, hay que dejarlo claro, el progreso sigue fielmente a la libertad y a la institucionalidad cuando estas caminan juntas.
Cuando caemos en la tentación de dar rienda suelta al libertinaje, el progreso se ve frenado. Y peor aún, cuando la institucionalidad cede el paso a esos feos primos suyos llamados burocracia y dirigismo, el progreso no solo se frena, sino que se devuelve.
Voy a tocar un ejemplo nacional y otro internacional para ilustrar lo que digo.
El ejemplo nacional ya lo he tocado antes, pero me gusta retomarlo porque es una muestra palmaria de cómo se puede salir de la pobreza (y cómo regresar a ella cuando se actúa estúpidamente). Cuando se estaba discutiendo el Tratado de Libre Comercio de Centroamérica con Estados Unidos (DR-Cafta) muchos teóricos del orteguismo gritaban horrorizados que el mentado tratado iba a acabar con los pequeños productores.
Pues bien, el tratado por suerte fue aprobado y uno de los rubros, el frijol, que antes era de simple subsistencia, rápidamente se coló entre los principales productos de exportación del país, alcanzó excelentes precios y se estaba convirtiendo en una fuente segura y fuerte de ingresos para los más pobres. Pero de pronto vino una sequía, le siguió la escasez del producto y luego una estupidez. En lugar de trabajar por mayor productividad y mantener los mercados abiertos, el actual régimen —irónicamente principal crítico entonces, pero ahora principal beneficiario del DR-Cafta— cerró las fronteras para obligar bajar los precios del frijol en el mercado interno, matando los mercados internacionales.
Ahora los productores de frijol, los más pobres entre los pobres, no hallan qué hacer con tanto producto pues su precio está por el suelo. El régimen les ofrece la “salida” de sembrar frijol negro para vender a Venezuela, pero hay una trampita, solo Alba Alimentos de Nicaragua, (Albalinisa), —léase los intereses Ortega Murillo— puede vender a Venezuela. Cuando hay un solo comprador, este pone el precio que le da la gana. Se acabó la libertad. Y cuando ese comprador encima tiene el poder político, lo que él dice es ley. Se acabó la institucionalidad.
Con ese ejemplo nacional queda claro entonces que cuando la institucionalidad y la libertad funcionan el progreso no tarda en aparecer. Pero igual de rápido desaparece cuando faltan sus dos “guías”.
Otro ejemplo, ahora se han formado dos bloques en Latinoamérica. Por un lado, el Alba, donde se han juntado el hambre con las ganas de comer (Cuba, Nicaragua, Bolivia, Haití, Ecuador, unas cuantas islitas y Venezuela, que por estar manteniendo a flote las economías de los demás ya ni papel higiénico tiene).
En ese bloque impera el dirigismo, la falta de libertad, el caudillismo y sus caprichos, todo bajo la bandera del “Socialismo del Siglo XXI”, una bandera que apenas logra ocultar la galopante corrupción reinante.
Por otro lado, ha surgido la Alianza del Pacífico, inicialmente conformado por Chile, Perú, Colombia y México. Estos son los estados más prósperos del subcontinente. Representan el 35 por ciento del Producto Interno Bruto de la región y un PIB per cápita de más de 10,000 dólares. No es casualidad que la mayoría de los países de ese grupo sean los más libres, mejor educados, más institucionalizados y democráticos de la región.
Se unen para buscar más y mejores mercados, en particular con los países que están en la otra orilla del océano, para seguir generando más y mejores empleos para su gente y para garantizar que el progreso que han alcanzado no se detenga.
Según la página web elcronistadigital.com, cuando le preguntaron al canciller ecuatoriano Ricardo Patiño cuál era la diferencia entre el Alba y la Alianza del Pacífico este respondió: “Nosotros (los del Alba) pensamos en el desarrollo social de nuestros pueblos y también en el desarrollo económico, por supuesto, pero no tanto como una guerra en la selva, sino como un espacio de complementación y de apoyo entre los países”.
Lo curioso es que los que destruyen la institucionalidad y por lo tanto promueven la “ley de la selva” o la ley del más fuerte, son los del Alba.
Si todavía tienen dudas sobre a qué grupo le va a ir mejor solo fíjense en una estadística: la cantidad de ciudadanos de los países miembros de cada bloque que abandonan sus propios países en busca de mejores oportunidades.
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