Twitter: @Fabian_Med
“Soy la ley”
El otro día, mientras esperaba la luz verde en un semáforo, vi a una moto tirarse campantemente la luz roja. La moto la manejaba un policía, sin casco, y en ella viajaban también una señora y una niña de unos 7 años de edad. Posiblemente, su familia. Una camioneta le reclamó a pitazos la imprudencia. El policía medio detuvo su vehículo y se volvió contra el que reclamaba como diciendo: ¿Cuál es el asunto? ¡Aquí la autoridad soy yo! En ese momento me pregunté: ¿Cuántos policías habrán sido multados por infracciones de tránsito el último año, por ejemplo? La respuesta a esta pregunta explicaría si lo que vi ese día en el semáforo es la actitud de “ese” policía en particular o de “esta” Policía en general.
Cáncer nacional
Un policía “tirándose” la luz roja es un hecho que por sí solo no merecería mayor comentario, pues sucede cientos de veces cada día, pero sirve para retratar el gran cáncer que corroe a Nicaragua: la ley siempre es para “los otros”. Ninguna de las personas que están encargadas de hacer cumplir las leyes siente que ellos también tienen en primer lugar la obligación de cumplirlas. Desde el policía que se tira “la roja” con su familia porque cree que es su derecho como autoridad, pero lo multará a usted por hacer lo mismo, hasta el político que se hace presidente violando la Constitución, pero exige que se echen presos a los que “roben luz” considerando delito solo lo que hacen “los otros”.
Fusilar y después averiguar
La ley es garrote contra lo que se opone al poder, y nunca límites contra el poder mismo. Y cuando hay que reprimir ni siquiera se considera de previo si hay ley que lo justifique. No. Primero se atropella y solo después se busca cómo inventar una falta o delito que, a su criterio, justifique el abuso. Es el “fusílenlo y después averiguamos” de Pancho Villa. Sucedió con Retamal, sucedió con Esquivel.
La gota que rebalsa
La reciente expulsión del fotógrafo de AFP en Nicaragua, Héctor Retamal, y el vejamen contra el fotógrafo de LA PRENSA, Manuel Esquivel, no son los hechos más graves que ha sufrido el periodismo nacional, pero sí parecen ser las gotas que están derramando el vaso. Ya es demasiado. En estos últimos seis años se ha vuelto común la foto de periodistas echados de las oficinas públicas, los insultos en los medios oficialistas y las golpizas o agresiones, una que otra vez, contra periodistas como consecuencia de su trabajo. Ha existido un esfuerzo deliberado de construir como verdad que el “buen periodismo” es la propaganda que publican en sus medios y criminalizar la función del verdadero periodista.
Vergonzoso
Quisiera creer que nunca más se repetirá un episodio tan vergonzoso como el que se dio el viernes pasado, cuando el vocero de la Corte Suprema de Justicia, Roberto Larios, ordenó la expulsión violenta del fotógrafo Manuel Esquivel, quien cubría una noticia. Vergonzoso, porque se exhibió el uso gratuito de la violencia. Vergonzoso, porque fue ordenada por el vocero que debería más bien facilitar el trabajo de los periodistas. Y vergonzoso porque ese vocero alguna vez fue periodista y no hay posibilidad alguna que no entienda el trabajo que hacían los colegas agredidos. En un régimen sano, este vocero ya no estaría en su puesto, ya sea porque lo echan por su abuso o porque renuncia por vergüenza. Pero no parece que vaya a ocurrir lo uno o lo otro, lo cual habla de lo mal que andamos en Nicaragua, en general, y en el sistema judicial, en particular, que es donde alguna vez se creyó sería el reino de la justicia. ¿Se acuerdan?
Un grito
Lo que ayer se vio frente a los portones de la Corte Suprema de Justicia fue la salida de un grito ahogado, retenido, por muchos años. Un grupo de periodistas, jóvenes la mayoría de ellos, llegaron por su propia iniciativa, sin organización o empresa alguna de por medio, para pedir respeto a su trabajo. Solo eso pedían: respeto. La mayoría son muchachos que nunca he visto involucrados con partido político alguno y estábamos ahí, como ellos mismos definieron, indignados. No somos enemigos de nadie, no somos activistas políticos, no somos parte de ninguna conspiración de la derecha ni del imperio ni de ninguna de las sandeces que suelen inventar para descalificar nuestro trabajo. Somos periodistas y pedimos ser tratados como tales. ¿Acaso eso es mucho pedir?
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