Juan Velázquez Escobar
En lo que ya parece una rutina centenaria de la política nicaragüense, el gobernante de turno retoma el tema de la construcción del Canal Interoceánico y anuncia al mundo que en esta ocasión dicho canal sí va. Ahora le toca a Daniel Ortega y si bien lo menciona desde hace algún tiempo no es hasta recientemente que alega disponer de los medios necesarios que permiten anunciarlo con categórica confianza. Lo hace fundamentado en la supuesta disponibilidad de inversionistas chinos que según Ortega están decididos a financiarlo y en la ya aprobada y necesaria legislación (inexistente antes de su gobierno, aunque ahora irrelevante dado su absoluto control político).
Aunque gobiernos anteriores también han defendido y promovido la idea del Canal aprovechando la presencia del gran lago de Nicaragua, expertos alertan que esas condiciones de la cual Ortega dispone están siendo peligrosamente orientadas hacia la planificación de una obra delirante del punto de vista económico y ecológicamente irracional, arriesgando una catástrofe ambiental de colosal magnitud. El construirlo haciendo uso de ese magnífico cuerpo acuífero e ignorando los enormes riesgos ecológicos que conlleva, además de su insuficiente profundidad, demuestra poca seriedad y una intención política cuyos fines distraccionistas son incuestionables.
Aparte del enorme diferencial en el costo de construcción (cuarenta mil millones de dólares versus tres mil) y del considerable menor tiempo estimado para construirlo (doce años versus cinco), la alternativa de un sistema de transporte de carga y pasajeros ferroviario interoceánico dejaría intacto el gran lago con una trayectoria que podría pasar entre el gran lago y el lago Xolotlán atendiendo así el área de mayor actividad económica y concentración poblacional del país. Simultáneamente desarrollaría toda una región prácticamente inexplorada y atendería no solo al tráfico internacional de carga, sino que al funcionar como transporte de pasajeros promovería el turismo y beneficiaría a toda la población, beneficios ausentes en el canal acuático.
Si Daniel Ortega realmente dispone de la o de las empresas dispuestas a invertir en una vía interoceánica a través de Nicaragua y puede aprovechar su indiscutible control político, esta es la mejor oportunidad de demostrar una visión de estadista y dejar así un perdurable legado. Pero debe olvidarse de la opción náutica y optar por la ferroviaria, inicialmente destinándola al transporte de carga interoceánico, el sector más rentable. Eventualmente podría extenderse a una red de transporte de carga y pasajeros a lo largo y ancho del país e inclusive convertirse en la primera fase de una eventual red ferroviaria centroamericana, pieza clave para la anhelada integración regional.
Cada día más, naciones en diferentes niveles de desarrollo están ampliando sus infraestructuras ferroviarias convencidas de que solo así podrán mejorar su competitividad en el comercio internacional. En América Latina el Brasil ha iniciado un plan de ampliación de su red ferroviaria que aumentará la existente en más de diez mil kilómetros. Colombia, que también la había abandonado está en proceso de reactivar buena parte de la misma. En México, Argentina y Chile el comercio y transporte de carga interno y de exportación se tornan cada vez más dependientes de la penetración, calidad y capacidad de su red ferroviaria.
En un pasado reciente el famoso ferrocarril del Pacífico de Nicaragua ofreció indiscutibles beneficios y ventajas al comercio y al transporte de pasajeros. Lamentablemente un abandono acelerado en la década de los ochenta y a todas luces una incomprensible y hasta ahora sin clara justificación del gobierno de doña Violeta Chamorro dieron al traste tan importante y accesible sistema de transporte.
La loable intención de llevar a cabo una obra tan importante como es una vía interoceánica merece el apoyo de todos los nicaragüenses independiente de colores políticos, pero es obligación del Gobierno orientarlo hacia opciones económica y ecológicamente factibles que no pongan en riesgo un recurso natural de tan incalculable importancia y por ende el del futuro de la nación. El autor fue Cónsul de Nicaragua en Miami.
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