Seguramente habremos observado que la niñez actual está viviendo ya su juventud, es decir, una juventud reprematura, brincándose —por tanto— la adolescencia. Es dolorosísimo ver cómo están quemando etapas, arrastrando desde ahora dos fases adelantadas. Recuerdo que estando todavía en los 13 años de edad, jugaba aún con muñecas, cosa muy común entonces.
Hoy, aunque usted no lo crea, he visto a tiernas niñas diciéndose entre ellas qué hombre les gusta. Yo, repito, con mis amiguitas —enfrascadas como estábamos en nuestro juego— ni siquiera nos percatábamos de la existencia del otro sexo, tal era la inocencia, no la ignorancia de que entonces disfrutábamos.
También observamos actualmente en algunos colegios, niños de corta edad jugando ya a los novios; “parejitas” que piden a sus compañeritos que vigile a la maestra mientras ellos se besan, clandestinamente.
Igualmente las canciones —antes poéticas y con mensaje moral hacia la pareja— han sido sustituidas por otras sin ningún sentido, pues en ellas no hay frase que signifique algo ni armonía que la sustente, alimentando esta quimera que viven los niños jugando al adulto.
Y hablando de modas, hoy día muchas madres visten a sus nenitas de faldas tan cortas como si no la anduviera; blusitas escotadas y con la barriguita pelada, chorcitos ajustados totalmente a su cuerpo, zapatos de taconcito que además de deformarle sus pies, crean en ellas sentimientos de pequeñas adultas, contribuyendo esto enormemente a que a tan temprana edad se salten etapas en el camino de la vida, dejando atrás bruscamente el período fascinante de la niñez y la adolescencia de que deberían disfrutar en su oportunidad.
En el medio está la virtud; no vistamos a nuestras niñas como el siglo pasado, pero tampoco semidesnudas, pues se acostumbrarán y después no nos gustará que les falten al respeto. Esta vestimenta podrá usarse en bailes de disfraces, pero nunca habitualmente. Conocí a una señora que vestía a su tierna hija casi sin ropa, en contra de la voluntad de la niña; más tarde, cuando dispuso cambiarla, la niña se rehusó rotundamente.
Si bien el tecnicismo moderno ha venido a aliviarnos trabajo, ha perjudicado grandemente no solo a niños, adolescentes y jóvenes, sino también a adultos y ancianos. Recordemos que antaño cada familia nos sentábamos en las aceras, departiendo momentos agradables de conversación amena, muriendo para siempre esta bella costumbre porque el televisor, la computadora y celulares son ahora los amos principales de nuestros hogares. Estos aparatos, además de separarnos unos de otros, están dañando sobre todo a nuestros niños. ¿Dónde ha aprendido la niñez y adolescencia a contestar mal a sus padres y faltarles al respeto? Simplemente de las telenovelas y películas malsanas.
Además, los padres de familia hemos perdido autoridad porque quizás no estemos viviendo auténticamente nuestro cristianismo. Ni los colegios ni la sociedad harán algo por nuestros hijos. Por tanto actuemos inmediatamente, poniendo un alto a esta red colosal, malsana, que está arrastrando a la muerte espiritual a muchos niños.
No nos descuidemos; vigilemos a los amiguitos de nuestros niños cuando visitan nuestro hogar y observemos también a qué clase de amigos los mandamos. Pongamos límite a los horarios de televisión, computadora y celulares. Observemos qué música escuchen, qué programas ven, revisándoles Internet, Facebook, etc. y según nuestro criterio bien formado de adultos, impongamos disciplina con gran delicadeza.
Rescatemos a nuestros niños para que disfruten su tiempo, sembrándoles principios cristianos, pues contamos con la ayuda del Señor.
Jesús, que vuelva la niñez a su etapa normal, a vivir su infancia espiritual, pues Tú dijiste: “Dejad que los niños vengan a Mí, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. La autora es Secretaria Ejecutiva
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A