Joaquín Absalón Pastora
Cada vez que viene un presidente de Estados Unidos a estas fingidas repúblicas se rompe más de lo rutinario el cristal de la cohesión. Cuando el ejecutivo de esa poderosa nación está enjaulado en la hipotética blancura de su casa proliferan aquí las ideas (tres presidentes se acaban de juntar para tocar el tema del Golfo de Fonseca) para el cual deben haber acuerdos de orden territorial. Pero cuando el vecino del norte se acerca o está adentro, la chispa se apaga. Quién sabe qué complejo los fustiga cuando los ojos tienen la oportunidad de disparar flechazos.
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Meses antes el mundo mediático instala sus antenas en el patio. Es donde comienza la búsqueda inútil de las fuentes de información. Luego en el final la nave del personaje sube a los aires para que entre nubes se pierda todo lo que informalmente se habló en una cena. Cumplido el sabroso requisito de mover las mandíbulas ¿qué pasó con el movimiento de la palabra y la pesquisa de la acción? Y al desaparecer del escenario, el rico invitado cuya cartera cada vez está más flaca, quedan las incógnitas y un recio oleaje de frustraciones culposas porque no se aprovechó su presencia, porque el espacio se perdió y todo fue una síntesis mundana de las relaciones públicas o el éxtasis de una cortesía.
Quizá Obama quiso escuchar una exposición anteriormente afinada, el documento estudiado del cual saliera un consenso que plantease la necesidad de que todas las partes resuelvan los problemas a tono con el escalafón de las prioridades. Las necesidades también tienen jerarquía.
Pero para que eso ocurriera, los presidentes del SICA haciendo caso omiso de las diferencias que siempre han tenido, debieron presentar la imagen de la institucionalidad, concurrencia de criterios en los diferentes rubros de la acción pública a través de una reunión anticipada para sacar de ella no la tentación sino la plasmación fortalecida por la evidencia oficial de los sellos y de las firmas. No hubo gestación ni mecanismos de seguimiento para debatir la agenda de provecho.
Las voces quedaron ahogadas por la confidencialidad de unos comensales que trajeron a la mesa las ilusiones, una de las cuales fue no la posibilidad sino la realidad del canal sin que hasta el momento se tengan las señas de su factibilidad, una meta cuya importancia fue ladeada…
Ninguna de las secretarías de prensa ofreció un informe serio sobre lo que ahí se ventiló. Ni el Parlamento Centroamericano que para nada ha servido, ni las cancillerías fueron capaces de mostrar en la víspera la luz de los acuerdos. Por el contrario las correspondientes iniciativas privadas, empresariales, hicieron la diferencia en cuanto a manejo preventivo. Llegaron a presionar a los gobiernos con el fin de darle paso a la acción, a sus resultados, al vencimiento de la conducta timorata, a la importancia primaria de la integración centroamericana exhortada por el propio Obama, además de otros aspectos como el paso de mercancías por las líneas divisorias, la eficacia en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico. Temas primordiales como la energía, el colofón ahorrativo de un gasoducto, la inclusión social y dejar de ser espectadores en los tratados de libre comercio, fueron expuestos por ese sector en una demostración de evidente interés. Lo otro, lo ocurrido en ambiente teatral, fue solo una cena. ¿Será la última? El autor es periodista
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