Los sucesos sociales, en el primer trimestre del año 2013, en el municipio de Tipitapa, del departamento de Managua, capital de la República de Nicaragua, deben necesariamente llevarnos a la reflexión y el análisis social y político, a las autoridades y a la sociedad en general.
Creo que hay tres razones básicas, para que se hayan presentado estos hechos: la desconfianza en las instituciones del Estado; el desempleo social; y la poca o ninguna educación para la vida que recibe la sociedad nicaragüense.
Toda sociedad debe creer en las leyes y normas de su territorio y además, debe dar muestras de aceptación de estas en sociedad o en su conglomerado. Debemos recordar que la tríada en la formación histórica del Estado la integran, la gente, las leyes y su territorio. Una sociedad en su conjunto debe creer en las leyes y en su aplicación, la ley debe dar confianza a la población, la ley debe responder a necesidades de orden, no a una moda o al olvido histórico-político. No debemos producir leyes desconociendo cómo será recibida en la práctica social, las leyes deben formarse como resultado de la complejidad social y su cultura.
La sociedad debe acercarse al aplicador de justicia (jueces) con confianza, con respeto, con la seguridad que se encontrará en un ambiente de equidad, ante un funcionario público que se apega a la ley y el orden y que no condicionará su trabajo a una coima, o a una orden política partidaria. Si este es el ambiente en las instituciones del Estado, la sociedad siempre confiará en que los aplicadores de la ley serán imparciales y equitativos en su papel de servidor público.
Las sociedades en donde hay niveles altos de desempleo, mayores al 40 por ciento de la población económicamente activa, son sociedades vulnerables, y muy proclives al desorden, a la ilegalidad, a la evasión, al comercio ilícito y a las acciones indecorosas. Por eso, el Estado y el Gobierno comprometido con el desarrollo sostenible debe preocuparse por estos indicadores sociales y económicos que amenazan la seguridad social. La seguridad de la nación no solamente es que no haya crímenes, secuestros, asaltos, la seguridad del país la integran también las tendencias en las relaciones sociales, sean estas positivas o negativas.
El desempleo crea ambientes de vagancia, de especuladores, de criminales, de fuerzas sociales sin meta, sin razón social, familiar ni política. El desempleado siempre estará a la búsqueda de nuevas experiencias que lo lleven a estar ocupado, que lo conduzcan a una acción, siente la necesidad de hacer algo, aunque sea violento o desorden, algo que altere el estado de cosas en su entorno. Por eso los altos índices de desempleo siempre llevan a una sociedad al caos, la frustración y al fracaso.
La educación en una sociedad asegura el progreso y la transformación humana y social. Las personas con educación sistemática son capaces de contribuir, de ordenar, de mejorar de participar y de transformar su propia realidad. La sociedad sin educación es perezosa, inactiva, evasora, corrupta, ilegal, propensa a la violencia, al desorden, a las alteraciones para ver qué logra, qué obtiene. En el pueblo, hay un pensamiento apropiado, en río revuelto ganancia de pescadores.
La educación forma personas inteligentes, con metas, con confianza, proactivas, personas de bien, personas que piensan en el cambio, el progreso, los proyectos se aplican y se desarrollan exitosamente cuando la sociedad es educada para la vida. Con educación, en una sociedad, los índices de criminalidad siempre serán menores, incluso, será noticia un acto violento, o un crimen. En Nicaragua hoy día los actos violentos no son noticia. Esta es una sociedad sin educación para la vida.
El autor es sociólogo e Investigador Social
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