La reciente visita del presidente de Estados Unidos Barack Obama a México y Costa Rica, ha suscitado, como era de esperarse, un gran interés en la opinión pública y una serie de interrogantes no solo sobre los posibles resultados de estos encuentros con el presidente de México y los presidentes y dirigentes empresariales de los países centroamericanos, sino también sobre los objetivos concretos de los mismos.
Es así que se ha informado en declaraciones y conferencias de prensa acerca de los intereses comunes en el combate a la narcoactividad, en el mejoramiento de los mecanismos de seguridad en la región, pero también en la ampliación y consolidación de las relaciones económicas y comerciales, la puesta en marcha de proyectos como los del gasoducto, el fortalecimiento de las pequeñas y medianas empresas y el tema de la inmigración.
También se ha comentado de parte de observadores y analistas, aunque no haya sido dicho en ninguna de las declaraciones de los mandatarios, que podría existir un interés geopolítico de reactivar la unidad entre Estados Unidos, México y los países de América Central como una estructura alternativa ante la que representa en la región el bloque del ALBA y sus diferentes organizaciones, como Petrocaribe, por ejemplo, reunida en Caracas al día siguiente de concluida la reunión de San José.
Sin formular ningún juicio de valor sobre lo positivo o negativo de estos acontecimientos, que no es ese el propósito de este artículo, observamos, sin embargo, una diversificación en las estrategias y procedimientos de la globalización, a través de una mayor dinámica en las relaciones bilaterales y sobre todo entre grupos regionales cuya prioridad destaca en diferentes actividades y proyectos, como el del acuerdo de asociación con la Unión Europea, por ejemplo.
Por otra parte, la crisis de los países europeos ha llevado a una reconsideración de postulados de la globalización considerados fundamentales, hasta hace poco tiempo. En esta circunstancia, ha adquirido nuevamente la importancia correspondiente, el papel del Estado y de la regulación legal e institucional de las actividades del sistema financiero y del mercado absoluto del capitalismo corporativo transnacional, ante cuyo omnímodo comportamiento, el Estado, el derecho, las instituciones y la política eran considerados como formas superadas, en cuanto a su papel en el desarrollo económico y financiero, al extremo que se llegó a hablar de la era de la post política y de la post institucionalidad.
Pero si bien estos cambios son perceptibles en el plano, financiero, económico y político, queda por ver qué efectos tienen o han tenido en el ámbito de la cultura, del pensamiento y la filosofía. Pareciera que en este campo, el tema, naturalmente menos visible que el anteriormente señalado, sigue enfrentando el problema del pensamiento único, frente al cual, la filosofía contemporánea, sobre todo desde América Latina ha reaccionado y continúa haciéndolo, en la búsqueda de una perspectiva de pensamiento alternativo, intercultural y de la unidad en la diversidad filosófica.
La realidad económica, social y política, y el pensamiento filosófico se han visto situados ante el hecho de la globalización que ha producido un doble proceso: por un lado, la conformación de un poder económico y financiero transnacional, una estructura de la cual los estados-naciones forman parte como sujetos de apoyo y correas de transmisión de las políticas y estrategias del capitalismo financiero corporativo. Por otro lado, la desagregación de las unidades internas formadas por la sociedad civil y la sociedad política, (Estado, partidos políticos ).
Esta situación general que ha caracterizado la estrategia y la táctica de la globalización, ha producido la necesidad, como dice Antonio Sidekum, de que la filosofía reflexione “sobre las consecuencias que los mercados globales provocan sobre la cultura y sobre la vida de la persona humana”.
Por su parte, Arturo Andrés Roig y Hugo Biagini señalan que la filosofía alternativa surge como una denuncia radical a la filosofía única que es “la filosofía de los tiranos en política, de los mercaderes insaciables en economía, de los dogmáticos en universidades e iglesias”.
En este sentido, Raúl Fornet Betancourt insiste en el concepto y práctica de la interculturalidad que “supone diversidad y diferencia, diálogo y contraste, que supone, a su vez, proceso de apertura, de indefinición, e incluso de contradicción”.
El proyecto filosófico que debe construirse debe superar la separación entre realidad y razón, pues la razón es vida pensada y la realidad pensamiento vivido. Debe ser realidad que palpita en el concepto e idea que se encarna y humaniza en la historia, propuesta y diálogo que integre la experiencia y la esperanza, la libertad y la igualdad y, además, que contribuya a construir las intermediaciones que hagan posible el paso de unas a otras.
Solo en ese sendero de infinito horizonte y bajo la idea que su labor no responde a una verdad económica, política y filosófica que se enuncia como el pensamiento único y la realidad única, como pretendió hacerlo la estrategia de la globalización antes de su fracaso reciente, adquiere sentido la multiplicidad de puntos de vista y, en consecuencia, la pluralidad de visiones. En esta perspectiva la filosofía es diálogo, pues como dice Heidegger en su Estudio sobre la poesía de Holderlin, “El ser del hombre se funda en el lenguaje, pero este solo acontece realmente en el diálogo (es decir hablándonos y oyéndonos unos a otros) Somos un diálogo desde que el tiempo es”.
Quizás la línea general más significativa que se desprende de la anterior consideración, es, desde nuestro punto de vista, la relación que existe entre razón y realidad, pues reafirmamos que la razón es una forma de la realidad, pero también que la realidad es la incorporación de la razón en los diferentes hechos históricos.
A partir de esa consideración general surge la necesidad de constatar la relación de prioridad o coetaneidad entre ambas, de establecer en qué casos la idea es anterior a la práctica histórica, y en qué otros, la práctica histórica es anterior al pensamiento. En este sentido, la filosofía deviene un proceso de anticipación y de participación en la construcción o reconstrucción de la realidad.
Por ello, podríamos decir, que la filosofía es camino y lo es entre las zarzas de la experiencia, entre los riscos de la historia. Por esa razón, ante los acontecimientos del mundo contemporáneo y ante la ausencia de un pensamiento que sea capaz de guiar y orientar en medio de la crisis y la incertidumbre, la filosofía debe, hoy más que nunca, asumir la contradicciones de la realidad en la que vive y tratar de estructurar un pensamiento reconstructivo y alternativo que supere las tendencias uniformadoras de la globalización, que anulan la experiencia histórica de los pueblos y la identidad del pensamiento que surge de la necesaria relación con la realidad concreta, es decir, con el tiempo y lugar en donde el ser humano realiza su experiencia vital.
El autor es jurista y filósofo nicaragüense
Ver en la versión impresa las páginas: 8 A