En las fotos que vienen desde Guatemala hemos visto a un anciano que ha hecho noticia en las últimas semanas. En algunas aparece con unos audífonos desproporcionadamente grandes para él, en otras parece un viejito desorientado.
Quién diría que este señor de la tercera edad —abuelito y hasta bisabuelito de alguien— es aquel soberbio general que tomó el poder por la vía de hecho en la Guatemala de inicios de los años ochenta, cuando ese país era uno más de los tantos campos de batalla en los que las superpotencias peleaban su guerra “fría”, muy caliente y sangrienta en esta región.
Hace tres decenios, Ríos Montt —hoy de 86 años— decidió que el gobierno militar de ese entonces no estaba haciendo suficiente para poner orden en la Guatemala rural donde se movilizaba la guerrilla, decidió tomar el poder dándole golpe de Estado al general Romeo Lucas García e implantó la política de “tierra arrasada” contra las marginadas poblaciones indígenas que supuestamente apoyaban a los insurgentes. Según el juicio, durante su dictadura, que fue corta pero cruenta, murieron miles, incluyendo niños.
Hay muchas lecciones que se pueden sacar de esto, pero la que me interesa destacar hoy es la que va dirigida a los que ostentan el poder.
Este tipo de “excesos”, como llamó el propio Ríos Montt a los crímenes que le agenciaron la condena de 80 años en prisión, —de los que obviamente por lo avanzado de su edad va a cumplir muy pocos— se llegan a cometer cuando el poder está concentrado en una sola voz o en un pequeño grupo.
Algo debe tener el poder que es adictivo. Son pocos los que, aún viviendo en un sistema donde existen medidas para controlar el poder, se resisten por su propia iniciativa a al menos intentar prolongar su estadía en la silla de mando. Esa tendencia a quedarse y a hacer de su voz “la ley” es mucho más clara cuando no existen instituciones que puedan poner coto a esas aspiraciones. La república debe ser muy madura para que estas tentaciones ya no sean algo con lo que el sistema tenga que lidiar.
Quienes “están arriba” —como se suele decir— pierden la perspectiva, llegan a considerarse indispensables, en el menor de los casos, y omnipotentes, en los casos extremos.
Es por eso que sería útil que lo que está viviendo ahora Ríos Montt sirviera para que quienes ostentan poder absoluto puedan verse en ese espejo y se den cuenta que, eventualmente, incluso a ellos, los que hoy piensan que son todopoderosos, les resulta beneficioso un sistema institucionalizado de control del poder.
Porque al tener en sus manos todas las decisiones, al saber que solo tienen que desear algo para que se cumpla, al estar seguros que basta con levantarse por la mañana con la idea de que en sus dominios se debe “vivir de tal o cual manera” para que se haga sin el menor gesto de disensión, el poderoso va perdiendo toda perspectiva, toda medida de la realidad, llega a perder hasta el sano temor a equivocarse que cuando se sabe manejar se traduce en prudencia.
Entonces vienen los “excesos”. Los “errores”. Que en realidad son atrocidades que van aumentando cada vez.
Sin embargo, ese proceso tiene, como todo, un inicio, un apogeo y un final. En la mayoría de los casos ese final, cuando el poder se ha ejercido sin medida, y por lo tanto, inevitablemente, de manera abusiva, la vida viene a cobrar los abusos y vemos a los Ríos Montt, a los Pinochet, los Mubarak, los Gadafi o los Ceausescu que acaban sus días de manera indecorosa.
Es cierto que hay algunos que logran escapar de ese destino, como el caso de Francisco Franco en España, Mao en China o, aparentemente, el de los hermanos Castro en Cuba; sin embargo, aunque no sufran el castigo en vida, después de idos, su memoria sufre el escarnio y en cierto modo ese también es un castigo para quien en su día pensó que tenía el mundo en sus manos.
Para mí, por lo que he visto, el destino de los dictadores de cualquier signo es inevitablemente el castigo, ya sea en vida o a su memoria. Y aunque sé que estas palabras no harán mella en los todopoderosos de turno, solo los invito a que estudien los muy escasos casos de quienes han usado el poder para iniciar el proceso de transformación de sus sociedades sometidas hacia sociedades libres, donde el sistema se preocupa por dispersar el poder en lugar de concentrarlo y donde se acepta que nadie está por encima de la ley que emana de los ciudadanos.
En esos casos, el poderoso también termina entregando el poder, pero sale por la puerta grande, como un estadista y muere tranquilo, no masacrado a golpes en una alcantarilla, como le sucedió a Gadafi, o fusilado como Ceausescu, o tras las rejas como Ríos Montt.
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