Editorial: La autonomía municipal ya no existe
A partir del regreso de Daniel Ortega al poder, en el año 2007, se comenzó a perder la autonomía municipal en Nicaragua. De hecho, ya ha dejado de existir.
La autonomía municipal ha sido arrastrada por la erosión de las instituciones democráticas del país, bajo el régimen del inconstitucional presidente Daniel Ortega, igual que la separación de poderes, la independencia de la justicia, la transparencia electoral, el control institucional y social sobre el Gobierno, etc. Es que como institución esencial de la democracia, la autonomía municipal no puede convivir con el totalitarismo, aunque este sea del siglo XXI y se cubra con un ropaje seudo democrático que engaña a quienes les gusta ser embaucados.
De hecho, en todo el país los gobiernos municipales han dejado de ser autónomos, salvo algunas cuantas excepciones. Han sido convertidos en correas de transmisión del poder central, del partido oficialista y personalmente de la omnímoda “compañera Rosario”, quien hace reunir regularmente a los alcaldes y vicealcaldes en la UNI para ordenarles por medio de sus operadores políticos, lo poco que deben hacer y lo mucho que no les está permitido que hagan; incluyendo, sin falta, la prohibición expresa de dar declaraciones a LA PRENSA.
A Alexis de Tocqueville debemos el concepto sustantivo de que los municipios autónomos son escuelas de democracia, en las cuales los ciudadanos aprenden a participar en la gestión del desarrollo local y a promover el bienestar de su comunidad. Tocqueville, eminente jurista y político francés del siglo XIX, viajó a Estados Unidos para estudiar la realidad de ese país y en particular su sistema democrático, acerca del cual escribió su obra principal titulada La democracia en América .
Las observaciones de Tocqueville sobre la democracia en América (del Norte) conservan su validez y son útiles para entender situaciones políticas complejas, incluso esquizofrénicas como la de Nicaragua actualmente, donde hay un régimen groseramente autoritario y excluyente, pero la mayoría de las personas consultadas por las encuestas aseguran que es democrático.
Acerca de esto, Tocqueville advirtió que cuando la gente tiene que elegir entre la libertad y la igualdad, escoge la segunda aunque signifique coacción y pérdida de derechos, siempre y cuando el Gobierno le proporcione o prometa un mínimo de satisfacción material y seguridad. Es decir que no le importa que el Gobierno atropelle la Constitución y socave las instituciones democráticas.
Para Tocqueville la libertad política es un bien superior que está por encima de la igualdad, la cual, en todo caso, siempre es más aparente que real. La supuesta igualdad es ofrecida por líderes populistas y autoritarios cuyo verdadero objetivo es quedarse en el poder para siempre, y a fin de cuentas le quitan a la gente la libertad y los derechos, pero también la dejan sin igualdad social.
En la Nicaragua dominada por el populismo orteguista, es válida la observación de Tocqueville, de que las personas “hoy en día no saben hacer que en su seno las condiciones no sean iguales, pero depende de ellas que la igualdad lleve a la servidumbre o a la libertad, a las luces o a la barbarie, a la prosperidad o a la miseria”.
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