El cambio estructural y el rezago de la agricultura

En las sociedades tradicionales cada trabajador agrícola producía por término medio una cantidad de alimentos que excedía entre un veinte y un treinta por ciento el consumo familiar. Este excedente permitió el surgimiento de una sociedad urbana que promovió un desarrollo intelectual y técnico del cual nacieron las civilizaciones de la antigüedad.

Adolfo Acevedo Vogl

Economista

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En las sociedades tradicionales cada trabajador agrícola producía por término medio una cantidad de alimentos que excedía entre un veinte y un treinta por ciento el consumo familiar. Este excedente permitió el surgimiento de una sociedad urbana que promovió un desarrollo intelectual y técnico del cual nacieron las civilizaciones de la antigüedad.

Pero este excedente era aún muy escaso. Las fluctuaciones de las cosechas agrícolas podían superar por término medio el 25 por ciento, lo cual hacía inevitable que se produjeran recurrentes crisis periódicas de sobrevivencia. Por estas razones, mientras la productividad agrícola no superó esta etapa, se hacía imposible cualquier progreso civilizatorio ulterior.

Los profundos cambios en el sistema de producción agrícola que precedieron a la revolución industrial significaron el final de aquel punto muerto. Al inicio no fueron necesarios grandes cambios tecnológicos para generar esta revolución agrícola.

En lo sucesivo, los incrementos en la productividad agrícola resultante de las continuas innovaciones tecnológicas permitieron que porcentajes cada vez menores de la fuerza laboral de la sociedad proporcionaran los crecientes volúmenes de producción requeridos.

En el caso de experiencias exitosas de desarrollo más recientes, en la República de Corea y en la provincia china de Taiwán la recuperación económica de la posguerra fue liderada por el sector agrícola. Bajo el paraguas de las fuerzas norteamericanas, tanto Corea como Taiwán realizaron una extensa y exitosa reforma agraria.

Esta fue acompañada, además, por una “revolución verde” impulsada oficialmente, que supuso inversiones destinadas a la irrigación y la utilización intensiva de abono orgánico. Se obtuvo así un aumento del rendimiento mayor que el crecimiento de la población, sin recurrir al aprovechamiento de las economías de escala.

En el caso de Nicaragua, el proceso de cambio estructural también debe comenzar por un esfuerzo por superar el enorme rezago en los niveles de productividad promedio de la agricultura. Este criterio obedece a diversas razones. En primer lugar, la agricultura emplea todavía cerca de un tercio de la fuerza de trabajo, la mayor parte en condiciones de muy baja productividad. El 42 por ciento de la población todavía vive en las zonas rurales, y sus medios de sobrevivencia provienen en lo fundamental de la actividad agrícola.

Como lo muestra la evidencia, ningún país logra desarrollarse mientras una gran parte de su población permanezca entrampada en una agricultura rezagada, de muy baja productividad.

Por otra parte, la productividad promedio del país es una media ponderada por la participación de cada sector en la generación de empleo. La agricultura es el sector que proporciona la mayor parte del empleo, y el de menor productividad relativa, de manera que sin incrementar de manera sistemática la productividad del trabajo de este sector, difícilmente se logrará que la productividad promedio de la economía crezca a las tasas requeridas.

Al mismo tiempo, la evidencia del período 1950-77 muestra que este sector tuvo una contribución decisiva en términos del aumento de la productividad media de la economía, tanto por la vía del desplazamiento intersectorial de fuerza de trabajo, como por el incremento de su productividad intrínseca, explicada por el proceso de modernización, intensificación y diversificación que se vivió entonces.

A estas alturas, parece evidente que todavía existe un margen bastante amplio para incrementar de manera significativa la productividad de la agricultura, por ambas vías, es decir, tanto por la vía del aumento de la productividad intrínseca del sector a través de su modernización e intensificación y de su diversificación, como por la vía del desplazamiento intersectorial.

La necesidad de modernizar y diversificar la agricultura es resaltada por el hecho de que la matriz de producción agropecuaria continúa siendo esencialmente la misma que la que era hace medio siglo, y el crecimiento de la producción depende mucho todavía de un patrón demasiado extensivo.

Un cambio fundamental que se ha producido en las ultimas décadas es que parecen haberse consolidado los “sectores medios” del campo, los cuales, a pesar de la carencia de acceso a tecnología y capital, muestran un alto dinamismo en términos de la contratación de mano de obra, el uso más intensivo de la tierra y la fuerza de trabajo, y en el área cosechada de granos básicos —exceptuando el arroz de riego— y los cultivos de exportación —exceptuando la caña de azúcar y el maní—.

Este segmento muestra un gran potencial para multiplicar su producción incrementando los rendimientos, y/o para diversificarla hacia productos de mayor valor agregado y dinamismo de la demanda, siempre y cuando tenga acceso a los recursos indispensables para intensificar sus procesos productivos, y se mejoren las condiciones de infraestructura y comercialización en que se encuentran inmersos.

El proceso de industrialización, asimismo, debe iniciar con fuerza por la construcción de cadenas que agreguen cada vez más valor a la cada vez más diversificada producción agropecuaria.

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