El Fondo Monetario Internacional (FMI), en su último informe del 16 de abril del 2013, pronostica un crecimiento mundial del 3.25 por ciento, menor al 3.5 por ciento proyectado en enero de este mismo año por el mismo organismo. El mundo está experimentando “tres velocidades” en su PIB, siendo alta en los países emergentes con China a la cabeza, con un 5.3 por ciento, permaneciendo baja en EE. UU., con un 1.9 por ciento y contrayéndose en la zona euro un -0.3 por ciento. En Nicaragua hemos pasado del 3.9 por ciento en 2010, al 5.4 por ciento en 2011 y al 5.2 por ciento en 2012.
La gran recesión mundial es el resultado de la crisis de la demanda global. Al afectarse la demanda mundial, los precios internacionales de los bienes y servicios disminuyen, provocando con ello la caída en dólares y volumen exportados. El lunes 15 de abril de 2013 por ejemplo, se dio una drástica caída en el precio internacional del oro (nuestro principal producto de exportación en 2013), debido a la desaceleración económica presentada por China Continental en el I trimestre del 2013 respecto al I trimestre del 2012, ya que China es el mayor demandante mundial de este producto junto con India.
La desaceleración de las exportaciones impactará nuestra producción en 2013 y la falta de mayor producción afectará nuestra demanda nacional vía la desaceleración en la creación de nuevos empleos. Esta menor demanda impactará negativamente a la inversión nacional y extranjera. A este círculo vicioso de menor demanda, menor producción, menor empleo, menor consumo, hay que añadirle la caída de las remesas familiares; variable afectada debido al estancamiento y/o creciente desempleo mundial.
Nicaragua es más vulnerable a lo que ocurre en los EE. UU. y Centroamérica, que a lo que ocurre en el resto del mundo. La economía nicaragüense es altamente dependiente del DR-Cafta gracias al cual hemos acumulado más de US$$7,000 millones de dólares (solo en superávit comercial con los EE. UU., sumando exportaciones de Zonas Francas), según datos oficiales de la Secretaría de Comercio de aquel país, a febrero del 2013.
A esta situación externa adversa se unen situaciones económicas internas coyunturales como es el caso de la roya que ha impactado negativamente a nuestras exportaciones y empleo y a una inversión pública menor que la inversión privada, tanto nacional como extranjera. Estas situaciones coyunturales se agravan ante la presencia de realidades económicas estructurales de nuestro país todavía por enfrentar exitosa e integralmente, como es el tema de salud pública, alimentación y educación de la gran mayoría del pueblo nicaragüense. Solo siendo un país sano, bien alimentado y adecuadamente educado podremos enfrentar los retos competitivos que exige la economía del conocimiento del siglo XXI.
La forma de contrarrestar los retos de la crisis externa es profundizar los resultados positivos del DR-Cafta y aprovechar al máximo el Acuerdo de Asociación con la Unión Europea (ADA). Hay que concretizar un Tratado de Libre Comercio (TLC), con Canadá; finalizando y formalizando así nuestra política comercial con Norteamérica (EE. UU., México y Canadá), que es nuestro principal destino de nuestras exportaciones. Otro reto es atender la creciente demanda del mercado asiático, con China Continental a la cabeza, a través de un TLC con este país.
Al interior de la nación hay que promover la utilización racional de las riquezas y subsuelo marítimo que contiene el enorme territorio acuático recuperado tras el fallo favorable de La Haya. Ese “mar de oportunidades” de iguales proporciones a todo el territorio continental del país, constituye la oferta suplementaria y complementaria necesaria para atender la cada vez más creciente demanda que se derivaría de la concretización de los TLC antes mencionados, complementándose con políticas fiscales eficientes, transparencia en la utilización de los recursos públicos, confianza en el Estado de Nicaragua, junto a un pueblo competitivo y trabajador ansioso por lograr mejores niveles de prosperidad en lo político, económico y social. El autor es economista y catedrático de la Universidad Thomas More.
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