La Reanudación del Vuelo

Todos escuchamos el golpe seco, interrumpiendo abruptamente nuestra reunión. Algunos de los más curiosos fuimos a ver de qué se trataba. En la parte superior de la ventana, por fuera, había una mancha de un viscoso líquido y unas pocas plumas pegadas, con un pequeño brochazo rojo vivo remarcado en el centro. Sea por instinto morboso o por esperanza banal, algunos nos asomamos para ver si sobre la acera, tres pisos abajo, se veía el cuerpo del ave. Algunas de las plumas pegadas a la ventana revoloteaban al viento, como queriendo liberarse o recordarnos su presencia. “Pobrecito”, dijo una compañera, visiblemente afectada. “Es común —dijo otro, más compuesto— en estos edificios de poca altura sucede mucho que no puedan ver muy largo durante su vuelo y confunden el reflejo con el cielo abierto”. “No fue su culpa —dijo otro. Fuimos nosotros, todos nosotros, con nuestros edificios y nuestras carreteras. Pobre pájaro inocente”.

Todos escuchamos el golpe seco, interrumpiendo abruptamente nuestra reunión. Algunos de los más curiosos fuimos a ver de qué se trataba. En la parte superior de la ventana, por fuera, había una mancha de un viscoso líquido y unas pocas plumas pegadas, con un pequeño brochazo rojo vivo remarcado en el centro. Sea por instinto morboso o por esperanza banal, algunos nos asomamos para ver si sobre la acera, tres pisos abajo, se veía el cuerpo del ave. Algunas de las plumas pegadas a la ventana revoloteaban al viento, como queriendo liberarse o recordarnos su presencia. “Pobrecito”, dijo una compañera, visiblemente afectada.

“Es común —dijo otro, más compuesto— en estos edificios de poca altura sucede mucho que no puedan ver muy largo durante su vuelo y confunden el reflejo con el cielo abierto”.

“No fue su culpa —dijo otro. Fuimos nosotros, todos nosotros, con nuestros edificios y nuestras carreteras. Pobre pájaro inocente”.

Otro agregó que algunas construcciones modernas tienen estructuras metálicas horizontales sobre sus ventanas para prevenir este tipo de accidentes.

Y pronto, quizás demasiado pronto, el tema se disolvió en una plática anodina.

Resurgió el tema dos o tres días después, cuando algunos se dieron cuenta que la mancha seguía ahí.

“Las ventanas no abren por dentro, hay que limpiarlas por fuera y a esta altura debe ser con una grúa”, dijeron algunos.

“Aquí nadie tiene una grúa. ¿Será la Alcaldía quien limpie eso? No creo que haya un número telefónico donde uno pida que le vengan a limpiar una mancha insignificante de la ventana”.

“¡Por Dios!”, soltó la compañera, trayendo al presente su congoja de pocos días atrás, que era a su vez ancla de un dolor más profundo y antiguo. “¿Acaso nadie puede hacer nada?” “¿Acaso son tan insensibles?

”Y todos nos miramos, queriendo emular los sentimientos ajenos, o al menos aparentar que sentíamos algo.

“¿No se puede hacer nada?”, dijo, y nos miró a cada uno de nosotros de forma a la vez inquisitiva y acusatoria.

Pero nosotros nos guardábamos el conocimiento secreto de que ninguno sabía qué hacer, ni quería hacer nada por buscar qué hacer. Sabíamos en el fondo, o nos esforzábamos por creer, que ella tampoco haría nada. Cuando apareció el jefe, nos alejamos en silencio y abrumados por la honestidad con la que nos rendimos ante lo difícil de la tarea.

Por eso fue un bálsamo para nosotros cuando a las pocas semanas la presencia de la mancha, de constante, se volvió invisible. Ya nadie parecía verla, ni el cristal siquiera, sino solamente el edificio de enfrente y más allá, lejana, la ciudad.

Para nuestra propia tranquilidad, cuando entran nuevos trabajadores, debemos enseñarles prontamente a olvidar la mancha de sangre de los inocentes.

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