Guiado por la brújula marxista de su senil mentor, Hugo Chávez estrelló a Venezuela contra el iceberg del totalitarismo comunista. Si las elecciones exprés del domingo no producen un milagro democrático, el país dividido, podría hundirse desgraciadamente en el caos de la guerra. Nicaragua es el ejemplo más reciente. El FSLN siguió el mismo curso con resultados lamentables.
Chávez pudo escoger un socialismo democrático, pero la inquebrantable sumisión dogmática que provoca el marxismo-leninismo o Fidel, que penetra también en parte del pueblo, lo hizo escoger una afiliación ideológica ciega, que sustituye los intereses nacionales por la ortodoxia, que adoctrina la sociedad apelando al encefalograma plano, convirtiendo el pensamiento, el arte y la ciencia, en marionetas de su estupidez.
Cesan las libertades civiles, los valores democráticos o la producción. Un grupo de incompetentes, expropia, nacionaliza o mejor dicho se roban la propiedad y la riqueza ajena en nombre del pueblo. Imponen consignas autómatas, obligan a espiar al prójimo, vuelven enemigo de clase al adversario político y gusanos a los opositores. Es clásica la escasez de comida, medicinas y repuestos o las fallas endémicas de energía y agua potable.
La “teoría del proletariado” tuvo su oportunidad y falló espantosamente donde quiera que se probó. China prospera, porque los chinos hacen todo lo contrario de lo que dicta el manual en materia económica. Asombra, que las falsas ideas de libertad encuentren asidero en buena parte del pueblo venezolano, como si no vieran lo que causan: cúpulas “revolucionarias” ricas y pueblos oprimidos con la mano estirada al Estado.
Ciertamente Nicolás Maduro no es Chávez, el elegido no domina la demagogia como su maestro. Tampoco Henrique Capriles es el mismo de la elección pasada. Ni siquiera el pueblo venezolano es el mismo. Algo ha cambiado, la inseguridad y los graves problemas socioeconómicos, por alguna razón se han deteriorado más rápidamente, dos devaluaciones han contribuido al descontento popular.
Las imágenes de la campaña relámpago venezolana son similares a la anterior: multitudes vitoreando a ambos candidatos, un entusiasmo fresco en los opositores… pero la diferencia es un Capriles muy distinto al que perdió con Chávez, que a propósito, a pesar de su enfermedad, supo salir a flote del desastre, utilizando magistralmente sus artes histriónicas y de prestidigitación.
Capriles es ahora políticamente menos correcto, más osado y audaz, algo que gana votos. Ha prometido también que no se cruzará de brazos frente a los atropellos y que cortará inmediatamente el petróleo gratis a países Cuba o Nicaragua, para subir salarios y restablecer la electricidad. Cosa que debió causar insomnio en los aposentos dictatoriales de Managua y La Habana.
Venezuela está de cara al abismo. Si gana Capriles —cosa probable debido al malestar general— por más unidad que proponga, los “enchufados” como él les dice a los jefes chavistas, tienen 100,000 milicianos con la camiseta del Che, dispuestos a disparar por “Chávez y contra el imperialismo” (¿?). Si Maduro gana, quién puede culpar a la otra mitad del pueblo, por rebelarse contra un gobierno déspota y totalitario.
Sobrevivir al cruel intento de cubanizar un país, me permite ver la inmensa tristeza que acecha a Venezuela. El diálogo no es una opción para la nomenclatura chavista, esa vía la usarán después del caos, cuando estén por perder sus privilegios. La posible tragedia y la insensibilidad con que se toma la vida del pueblo, me recuerda a Santayana: “Vivimos dramáticamente en un mundo que no es dramático”. El autor es psicólogo.
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