Solamente faltaba una joya en la corona del profundo atraso político imperante entre los ama-caciques de Iberoamérica: La canonización de los caudillos por los shamanes del populismo del siglo XXI. Hoy la corona está completa: la izquierda virulenta tiene un nuevo santo, San Hugo bolivariano. Quienes manipulan la imagen de Hugo Chávez y las emociones provocadas por su reciente fallecimiento ya le atribuyen milagros. Uno fue la elección del primer papa iberoamericano. Otro fue la “aparición del Comandante” en forma de pajarito a Nicolás Maduro, el pintoresco energúmeno, eximio productor de diluvios de improperios y sequías de ideas, imitador (en la comedia política venezolana) del también pintoresco dirigente fallecido.
Maduro, agitador sindical de profesión, marxista (y por ende ateo) comunicó a las extasiadas masas chavistas que mientras oraba en una capilla católica se le apareció un pájaro. Era nada menos que la voladora alma de Chávez. Este (prosigue el cuento de Maduro), lo bendijo y en medio del intercambio de agudos silbidos le auguró en lenguaje pajaril la victoria electoral en la muy próxima contienda presidencial venezolana. Con habilidad circense, Maduro ilustró su historieta con sonidos ubicables entre trino de pájaro y chiflido de cobrador de autobús. Las masas social-veinte-y-uneras escuchaban boquiabiertas, lamentable espectáculo transmitido por las grandes redes televisivas del mundo, lo que provocó carcajadas entre los extranjeros y vergüenza entre los iberoamericanos serios.
Si de milagros Chávez se trata, quizás los dos realmente comprobados (entre los de la cosecha que ya se le atribuye), son la gigantesca multiplicación del patrimonio personal que dejó a sus herederos, y la instauración como conductor de un país a alguien preparado solamente para la agitación y para el manejo de cacharros de transporte colectivo. Aunque todo esto parece un chiste, la santificación de un caudillo y las consecuencias del caudillismo llevado a estos extremos de manipulación y oportunismo son realidades serias y graves.
Sin duda, una de las causas del caudillismo en Iberoamérica es la falta de estabilidad y fortaleza de las instituciones que constituyen la estructura de los más diversos sub-sistemas (político, legal, educativo, económico, etc.) de determinado sistema social. Grandes sectores poblacionales terminan cifrando sus esperanzas en individuos que les ofrecen grangerías prebendarias, mientras ven con escepticismo a instituciones que no funcionan y que además no comprenden, dado el bajo nivel educativo que es la norma en muchas sociedades de la región. No prevalecen la meritocracia, ni la racionalidad administrativa del Estado, sino el clientelismo, la partidarización y la corrupción.
Ante la falta de verdaderos valores cívicos, ante la ausencia de parámetros racionales bien definidos (tara profundamente arraigada en las sociedades integralmente retardadas), surge la necesidad (entre sectores de las masas) de erigir en Norte y guía a individuos que son cuidadosamente idealizados (para consumo general) por los aparatos de propaganda política. La sacralización del caudillo es la máxima escala entre quienes hacen de un personaje un mito como herramienta propagandística, movilizacional y aglutinadora. Esta sacralización implica la abdicación (por sectores de un pueblo) de la racionalidad en la participación política.
Cuando algunos sectores populares aceptan como verdad las profecías de pajarillos peludos, y la santidad de caudillos-profetas-tiranos, todo esto montado por círculos políticos tan inmorales como fanatizados, la civilidad y la razón bajan a niveles primitivos. Es la trampa elaborada por quienes persiguen crear para ellos, al usufructuar el poder, su propio y particular paraíso terrenal a costas de seguidores domesticados.
El autor es Doctor (Ph.D) en Estudios Internacionales.
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