Una gran controversia mediática ha generado la aprobación de la Ley 779 sobre la violencia intrafamiliar y los abusos y crímenes que se cometen contra las mujeres. Como siempre sucede en estos casos el tratamiento maniqueísta y la manipulación están desvirtuando los alcances de esta ley imprimiéndole un revanchista carácter de género.
Frenar la violencia contra las mujeres debe ser tarea de todas y todos, no solo de los grupos feministas sino también de los hombres responsables y sobre todo de las madres y padres de familia. Pero de ahí a convertir la ley en una cruzada, para dividir a la sociedad en dos mitades de buenos y malos, hay una gran distancia, y lamentablemente eso es lo que pasa en la actualidad.
La violencia intrafamiliar es un mal que aqueja a nuestras familias y provoca daños, no solo a los protagonistas sino también a los hijos, en la inmensa mayoría de los casos, menores de edad. Es un problema que se ha agudizado en los últimos años producto de un sistema político-social que ha dado más importancia a lo material que a lo espiritual y donde el abuso del poderoso se impone al más débil.
Estamos asistiendo a una cruzada feminista que está convirtiendo una legítima bandera de reivindicación en una pasada de cuentas a la otra mitad del componente social, al hombre, quien, como resultado de esta guerra santa, está siendo satanizado como el culpable de todos los males que sufren las mujeres, una acción que tiene el agrio sabor de una venganza anunciada.
Lo peor de todo esto es que no valen los argumentos y se pierde el raciocinio y la equidad. Igual pasó cuando se discutió el tema del aborto: no hubo medias tintas, fue un tema de blanco o negro, igual fuese este justificado o no. Asustaba como muchos grupos se rasgaban las vestiduras y pegaban gritos al cielo para defender su punto de vista a veces fuera de toda lógica. Al final siguen los abortos, con o sin ley.
Lo más grave de esta ley es que desequilibra la armonía y el equilibrio familiar. Toda desavenencia, toda diferencia de opinión, toda discusión en el seno familiar, no concluirá en una necesaria y saludable reconciliación, porque ahora una de las partes, sabiendo que tiene la sartén por el mango, se impondrá fácilmente sobre la otra, no importa si tiene o no la razón.
Basta recurrir a la vía expedita de la denuncia por violencia intrafamiliar para acallar a la pareja bulliciosa, esté o no con algunas amargas adentro. De aquí en adelante la imposición se impondrá a la razón provocando un vuelco de trescientos sesenta grados en la relación familiar. Además el sistema está diseñado para disparar antes de indagar. El acusado por violencia intrafamiliar estará condenado antes de poner siquiera un pie en los tribunales, con o sin abogado defensor.
Como si no bastara, cuando se trata de estos casos, la Policía enchacha al señalado con la velocidad de un rayo sin detenerse a averiguar si este es culpable o inocente. Primero te fusilan y segundo te condenan, ya después si hay chance se aclararán los nublados del día. Con la Ley 779, como diría el umpire “El Churruco” al bateador que no era de su agrado: “Ni corrás que sos out”. EL AUTOR ES DIRIGENTE HISTÓRICO SOCIALCRISTIANO.
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