Con el advenimiento del papa Francisco, la adopción de su nombre, y sus referencias a los pobres, ha vuelto a la palestra el tema del catolicismo y la pobreza. Tema controversial, porque tiende a leerse desde una perspectiva secular o política.
Tradicionalmente, la preocupación por los menesterosos ha sido central al cristianismo. A partir del evangelio (Mateo 25), en el que Cristo se identifica con los hambrientos y menesterosos, la Iglesia fue pionera en la construcción de hospitales, escuelas, orfelinatos y asilos, en los que legiones de religiosos y religiosas quemaban sus vidas sirviendo a los necesitados.
Este impulso fue parcialmente politizado décadas atrás, cuando bajo la influencia de Marx muchos cristianos llegaron a la conclusión de que la pobreza y opresión de los pobres —leída en términos estrictamente materiales— era, en palabras del teólogo de la liberación, Gustavo Gutiérrez, causada por el capitalismo o la propiedad privada. Había pues que luchar contra dicho sistema y sustituirlo por el socialismo, el cual superaría la pobreza.
Grave error. Cuando China comunista mantuvo la política socialista de prohibir la actividad empresarial privada, parte de su población moría de hambre. Cuando adoptó la política capitalista de libre empresa y mercados, la pobreza retrocedió vertiginosamente. Hoy día los países donde más ha disminuido la pobreza no son los socialistas, sino los capitalistas.
Aunque ahora en formas menos extremas, la tendencia a identificar la caridad con ciertas agendas políticas sigue vigente en los populismos contemporáneos; desde los demócratas norteamericanos, hasta los socialistas europeos y chavistas latinos. Supuestamente inspirados por la predilección por los pobres o la justicia social, estos movimientos han patrocinado al “estado benefactor” dispensador de beneficios, que se financia con los impuestos de los sectores más productivos.
Es la caridad fácil: la que se paga con dinero ajeno y no obliga a sus líderes a moderar sus privilegios, y la que es motivada no tanto por el interés de mejorar al pobre como de obtener sus votos. También, y como han demostrado algunos países europeos y Venezuela, suelen ser “caridades” que terminan agravando la pobreza cuando lastran la actividad empresarial o crean ruinosos déficits fiscales, y que llegan incluso a envilecer al pobre a volverlo dependiente de las ayudas estatales.
Como bien lo explicaba Carlos Alberto Montaner, “no es la caridad la que disminuye la pobreza sino la multiplicación de empleos que produce la libre actividad empresarial”.
¿Significa esto que la caridad sea despreciable? De ningún modo. Aun cuando no sea receta para el desarrollo, la caridad juega un papel insustituible y de primer orden en las relaciones humanas. El amor que reciben los hijos de sus padres es vital para su autoestima y maduración emocional. El amor entre los cónyuges es el calor y cemento de la vida familiar. El amor de madre Teresa de Calcuta por los moribundos y leprosos no fue efectivo en salvar sus vidas, pero sí en darle sentido y dignidad a sus sufrimientos y en salvar sus almas.
Y es que el concepto de pobreza cristiano no se agota en lo material. En su primera misa dominical Francisco centró su atención en la misericordia de Dios —que “hace al mundo menos frío”— en su amor y perdón sin límites a los pecadores, quienes sufren la peor pobreza; la espiritual. Más recientemente reiteró, en línea con su antecesor, que el factor más empobrecedor del hombre continúa siendo el relativismo, por cuanto priva al hombre de su mayor riqueza: el conocimiento y disfrute de la verdad.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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