¿Qué relación pueden tener una bolsa de agua tirada en la calle con los acuerdos de Sapoá? A simple vista no tienen ninguna.
Pero la verdad es que mientras los nicaragüenses como sociedad no tengamos la suficiente educación como para entender que una bolsa de agua no se tira impunemente a la calle como vemos diariamente en este país, las amenazas de guerras intestinas, la corrupción, la violencia y el autoritarismo van a ser un fantasma recurrente en nuestro país.
El autoritarismo florece donde no hay ciudadanía, donde los pobladores son masa obediente y cada bolsa plástica tirada en la calle representa a un poblador que no se ha graduado de ciudadano.
Las negociaciones de Sapoá, que no fueron más que un eslabón en una larga cadena de esfuerzos para que la paz regresara a Nicaragua hace 25 años, podrían —desgraciadamente— volver a ser necesarias en un futuro, tal vez no muy cercano, pero es una amenaza que debemos erradicar.
La década perdida de los años ochenta trajo muerte, destrucción, desintegración familiar y mucha sangre y lágrimas derramadas. ¿Por qué? Por nuestra ignorancia. Ignorancia de los de arriba, que creen que pueden imponerse a sangre y fuego, e ignorancia de los de abajo, que siempre estamos esperando que un caudillo, “un líder” o, en aquellos tiempos de los ochenta, “una vanguardia” surja para guiarnos. Siempre, una y otra vez, esos iluminados, sean uno, nueve o una pareja, nos han guiado al despeñadero.
Ahora, este círculo vicioso de dictadura, opresión, guerra y luego dictadura —en ocasiones precedidas por breves períodos de paz— parece ser de hierro, o de acero. Es difícil de romper.
Sapoá fue un proceso hijo de Contadora, Esquipulas I y II pero sobre todo (aunque a los protagonistas no les guste admitirlo) hijo del fin de la Guerra Fría. Las fuerzas contendientes no se sentaron en serio a la mesa de negociación mientras tuvieron balas para tirarse los unos a los otros. Fue hasta que los Washington y Moscú perdieron el interés en este ajedrez que los peones se sentaron a negociar.
Y tuvimos paz, tuvimos elecciones libres y ganó la oposición; pero no supimos qué hacer con esa democracia que nos había caído en el regazo producto de decisiones en otras latitudes y por otros intereses. Y tanta es nuestra ignorancia, tan mal manejamos la democracia que no habían pasado tres lustros cuando ya habíamos vuelto a encaramar a quien hizo la guerra entre nosotros.
Los llamados “liberales”, que habían capitalizado el voto antisandinista unificado por el horror a la guerra, la represión, la hiperinflación, la escasez y el desempleo, apenas llegaron al poder se dedicaron a hacer negocios, a enriquecerse, a bloquearse los unos a los otros políticamente porque, como los que habían salido en 1990 y el que habían sacado en 1979, estos también querían eternizarse en el poder.
Y este es otro círculo vicioso, las élites políticas necesitan a una masa ignorante para poder mantenerla engañada con cuentas de vidrio, mientras aquellas disfrutan de las mieles del poder. Poca educación o educación masificadora mantiene pobre a un pueblo y un pueblo pobre se conforma con migajas de regalo, pues considera que la función del Gobierno es regalarle bisutería, así que mantiene en el poder al “líder” que le garantiza las dádivas.
Todo funciona bien hasta que se agota el cuerno de la abundancia, la masa exige sus migajas pero ya no hay. También los que se han mantenido en alianza con el poderoso, recibiendo migajas de otro tipo, empiezan a estar inconformes pues en época de vacas flacas ya no llega tanto beneficio como antes. Vienen las exigencias. El poderoso responde con fuerza al ver amenazada su permanencia en el poder, surge la violencia y eventualmente la guerra. El círculo vicioso de la pobreza está conectado al círculo vicioso de la inestabilidad política.
¿Cómo rompemos esos círculos viciosos? Con educación que no solo enseñe un oficio útil y productivo para que la persona salga de la pobreza, sino que enseñe a pensar, a tener sentido crítico, a entender que hasta una bolsa plástica en la calle tiene repercusiones negativas para todos y que el desarrollo sostenido lo dan las leyes aplicadas por igual, en un sistema donde los poderes se controlan entre sí y no se rinden vergonzosamente ante un líder iluminado.
Pero, ¿cómo llegar a ese tipo de educación cuando a los iluminados que tenemos lo que les conviene es el oscurantismo? Tal vez si los iluminados lograran entender que ese sistema, tarde o temprano, los lleva a la violencia que termina arrasando con ellos.
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