Editorial: Victoria y derrota en Sapoá
Hace 25 años, el 23 de marzo de 1988, representantes plenipotenciarios del régimen revolucionario sandinista y de la Contrarrevolución, firmaron los Acuerdos de Sapoá, llamados así por el nombre del pequeño poblado y puesto fronterizo en el sur del país donde fueron negociados y firmados. Aquellos históricos Acuerdos significaron el principio del fin de la guerra civil que desangraba a la nación y el comienzo de un proceso de paz, precaria e incierta pero duradera hasta nuestros días.
Pero en los Acuerdos de Sapoá no solo se convinieron puntos para el cese de operaciones militares, la desmovilización de los combatientes de la Resistencia y su entrada a zonas de seguridad mutuamente acordadas. También se acordaron compromisos políticos que fueron determinantes para el arranque del proceso de democratización nacional. Los cuales constituyeron el aspecto esencial de los Acuerdos, porque la causa fundamental y directa del conflicto armado era la falta de libertad (en todos los sentidos) y de democracia en Nicaragua.
Cabe recordar al respecto que en los puntos seis, siete y ocho de los Acuerdos de Sapoá, se reconoció el derecho de la Resistencia Nicaragüense o Contra a participar en el diálogo nacional por la reconciliación y para la democratización del país, pactado en los Acuerdos de Esquipulas II de agosto de 1987; el derecho de todos los perseguidos y exiliados políticos a regresar al país con la garantía de que no serían molestados ni reprimidos por el régimen sandinista; y el derecho de todos los miembros de la Contra a participar en igualdad de condiciones en la vida política nacional, incluyendo las próximas elecciones.
Es importante y necesario mencionar este trasfondo y aspectos torales de los Acuerdos de Sapoá, porque con el andar del tiempo se tiende a olvidarlos y a resaltar solo los elementos anecdóticos, que son ciertos pero más bien formales, mientras se olvida los factores causales de la guerra civil que terminó a partir de aquellos históricos acuerdos de hace 25 años. Es decir, la existencia de una dictadura militarista totalitaria, la ausencia de derechos democráticos y de libertades políticas, económicas y sociales, la hostilidad y agresión contra la Iglesia católica y contra la fe de la mayoría de los nicaragüenses, la exportación armada de la revolución totalitaria a los demás países del área centroamericana e incluso más allá, etc.
No fue por casualidad que el mismo día que se firmaron los Acuerdos de Sapoá, se reinició en Managua el diálogo nacional del régimen sandinista con la oposición civil, el cual había comenzado después de los Acuerdos de Esquipulas II pero fue suspendido por las trampas del Gobierno que se resistía a cumplirlos de manera cabal. Y tampoco fue casual que después de los Acuerdos de Sapoá y la reanudación del diálogo nacional, muchos nicaragüenses perdieran el miedo a la dictadura y comenzaran a participar masivamente en demostraciones cívicas públicas, desafiando la represión policial y de las turbas sandinistas.
De manera que es correcto decir que los Acuerdos de Sapoá fueron la derrota de la guerra y el triunfo de la paz. Pero ante todo aquellos Acuerdos representaron la derrota política de la dictadura totalitaria sandinista, y anunciaron el triunfo de la libertad y la democracia que se manifestaría en el esplendor de la victoria electoral de doña Violeta y la UNO, el 25 de febrero de 1990.
Esto no se debe olvidar, porque la tentación y la amenaza de repetir las viejas aventuras dictatoriales, aunque envueltas en nuevo ropaje, está presente siempre como se puede comprobar ahora con el tipo de gobierno que el orteguismo ha logrado imponer.
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