Dígame a todas luces…

Señor anatema, dígame a todas luces que usted no afrenta. Me tortura no escuchar los gemidos de aquella ventana desesperada...

Sergio Palma

Señor anatema, dígame a todas luces que usted no afrenta. Me

tortura no escuchar los gemidos de aquella ventana desesperada.

En tren vagón, sale a las doce un punto y corre por

la puerta equivocada. Escucha pulsos y sonidos con reminiscencias

de tictac, lleva dudas del Pleistoceno y entretiene

pensamientos mutilados de reloj. No verrugues, no berrinches,

no entiendas más palabras o dolores o coces o gritos. Mira,

asoma, la guitarra está chocha y una gallina aúlla, pone

huevos ahí afuera. Alaridos de bruja, costumbres permutadas

de Halloween, viene en punto y el combo, y la sentencia que no

se oye, y el sonido que no separa ni nos dice, ni el siguiente, ni

hoy. Dicen tener un plan y una solución, y una puerta desnuda

en caso de que la orquesta no toque. Ah, sí, esa era la parte que

no me sabía y que venía después. Será que está flojo, que quiere

regañarme y no tiene un bate al alcance de la luz. Una y

veintinueve y treinta, y la cancioncita se repite de nuevo, y

cómo es que se dice eso en español. Pero porque no me sé tu

nombre, o se me olvida, o lo escribes con esos garabatos

arrebatados y yo que no entiendo, que casi no entiendo. Pero

hay un violín que nos puede salvar, un apagón a las doce del

día y un tragaluz que se enciende a media mañana.

Un reflejo, un sonido de taladro repetitivo, un coro de hombres

cansados y libertinos. Tú, porque yo sé demasiado y no lo ves.

Renuncia, se va, no comprende, el niño no comprende, no abre

si acasos y demoras, no ruge, no acarrea una pulsera que luego

venderá cuando las vacas se pongan feas y huela a cetro y

corredor. Es un tumulto de espacio, vete, acabo de sufrir y es

sueño, es tiempo comprimido. Que no seduce, que no resuelve,

que no cumple y sube una montaña a ver pájaros con

cantimplora y binocular. Pesto de las líneas sin punto ni

continuación, de los hombres caderas y pequeñeces. Apaña, y

tú mientes, porque la ñ en los sueños no existe. Y por eso sé que

no estoy dormido, y que el tren sin pensamientos que te

acurruca no tiene voz.

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