Entre los pueblos de la antigüedad, el ciervo era un animal sagrado o al menos de mucho simbolismo.
Dice el mitólogo español José Antonio Pérez-Rioja, que como el ciervo es un animal muy hermoso y ágil, en algunos lugares le llamaban “rey de los bosques”. En otras partes se le comparaba con el “árbol de la vida”, debido a que su cornamenta se parece al ramaje de un árbol y en ese sentido simbolizaba la renovación o el crecimiento.
También, por la costumbre del ciervo de buscar en las altas montañas la libertad y escapar de las fieras rapaces, se le asociaba con las ideas de soledad, pureza y elevación.
“En Egipto —dice también Pérez-Rioja—, se consideraba al ciervo como símbolo del hombre que se deja engañar, pues una fábula suponía que a este rumiante le seducía el sonido de la flauta o el caramillo”.
En la mitología griega, el ciervo era un animal consagrado a Artemisa, la diosa cazadora de los bosque, más conocida como Diana porque con este nombre la llamaban los romanos.
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Artemisa solía cazar en un bosque del monte Ménale. Allí vivía Pan, el dios de los bosques y patrono de los pastores. A ese lugar también llegaba Apolo, acompañado por las Musas, a tocar su lira maravillosa. Y al pie del monte Ménale estaba la ciudad de Cerinea, llamada así porque a su lado discurría el río Cerinites, que existe hasta ahora con el nombre de Bokhusia.
Un día Artemisa fue al bosque del monte Ménalo para atrapar cuatro ciervas que debía halar su carro, mientras ella se trasladaba de un lugar a otro en la tierra. La diosa cazadora atrapó fácilmente tres ciervas, pues ella era más veloz que el más rápido de todos los animales. Pero a la cuarta cierva que Artemisa quería atrapar para uncir a su carruaje, no la pudo alcanzar.
Admirada por aquella cierva tan hermosa como veloz e inatrapable, Artemisa decidió convertirla en su animal sagrado e hizo que sus cuernos fuesen de oro y sus cascos de bronce. Desde entonces aquel animal fabuloso fue conocido como la Cierva de Cerinea.
Pues bien, atrapar a la Cierva de Cerinea era una de las tareas que se le encargó al héroe Heracles (Hércules en la mitología romana), quien logró capturarla, lo que la divina Artemisa no pudo conseguir. Entendiendo que la astucia vale más que la velocidad, Heracles persiguió a la Cierva de Cerinea día y noche durante doce meses, hasta que el veloz pero agotado animal se detuvo ante un estanque para beber agua y descansar. Esa pausa la aprovechó el héroe para agarrar a la cierva con sus poderosos brazos y llevarla, sin causarle ni un solo rasguño, porque ese era su compromiso, al lugar donde debía entregarla, en la ciudad de Micenas.
Hay otra cierva maravillosa, pero en la leyenda cristiana medieval de Genoveva de Brabante. Hija de los duques de Brabante, Genoveva fue casada con el noble Sigfrido de Offendick, quien inmediatamente después se tuvo que ir a la guerra, pues los árabes habían invadido Europa con la pretensión de conquistarla y erradicar la religión cristiana.
Sigfrido dejó embarazada a Genoveva, pero no lo sabía. De manera que fue acusada de adulterio y condenada a muerte junto con el niño, quien nació antes de Sigfrido volviera. Pero los encargados de matarlos se apiadaron de ellos, los dejaron abandonados en el bosque y allí una cierva recién parida alimentó al bebé y a su madre. Así pudieron sobrevivir hasta que Sigfrido los encontró en el bosque, creyó en la inocencia de Genoveva y la llevó con su hijo a su castillo de Siegfriedsbourg.
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