Con la elección de Jorge María Bergoglio como papa, la Iglesia católica ha tenido oficialmente 266 sumo pontífices remontando a Pedro o Cefas (su nombre en arameo) el primer papa. La vasta mayoría de estos son prácticamente desconocidos, aún por los más eruditos estudiantes de la historia. Solo un número pequeño ha trascendido o dejado un legado.
Dos de ellos se ganaron el título de magno, palabra latina que significa grande. El primero fue San León I, obispo de Roma entre 440 y 461. León persuadió a Atila el Huno de no saquear a una indefensa Roma en 452. Menos conocido —pero más impactante a lo largo— fue su lucha porque los otros patriarcas y obispos del mundo cristiano reconociesen la preeminencia del obispo de Roma como el Vicario de Dios en la tierra. También sus escritos fueron cruciales para imponer como dogma que Cristo reunió dos naturas —la divina y la humana— en su persona.
El segundo, San Gregorio I (590-604), pasó a la historia como un administrador cuidadoso de las propiedades considerables que había acumulado la Iglesia, pero para beneficiar a los pobres. Y como papa, este monje fortaleció a los monasterios y logró la evangelización de Inglaterra encomendando esta tarea a San Agustín de Canterbury. Continuó con la lucha por consolidar la autoridad del obispo de Roma sobre otros obispos y patriarcas y defendió a Roma de las tribus germánicas que se habían apoderado de Italia, en particular los lombardos. También estableció el marco de disciplina y estructuras eclesiásticas que fueron los cimientos de la Iglesia medieval.
Más recientemente dos sumos pontífices han dejado importantes legados. Juan XXIII, quien se pensaba sería un papa “transitorio”, impulsó la apertura o aggiornamento de la Iglesia a la era moderna y convocó el Segundo Concilio del Vaticano. Y Juan Pablo II, quien ocupó la silla de Pedro por 26 años, es venerado por ser un pastor peregrino que visitó a más de 120 países y por jugar un papel decisivo en el colapso del comunismo y la propagación de la democracia en Europa Oriental.
Algunos subestiman a Benedicto XVI. Sus críticos dicen que comparado al papa Wojtyla tuvo poca trascendencia. Otros, aún más severos, creen que el papa Ratzinger renunció a su cargo por sentirse abrumado por los tremendos problemas que enfrentan a la Iglesia. En buen nica, afirman estos, “se corrió al ruido de los caites”.
No comparto este criterio. Creo que Benedicto le deja a la Iglesia un poderoso legado: el reconocer que con el pasar del tiempo, la capacidad de los hombres va disminuyendo y que lo más sano cuando la agudeza mental y el bienestar físico decaen es renunciar. La Iglesia había comprendido esto cuando estableció los 75 años como la edad para que obispos sometiesen su carta de renuncia y fijando los 80 años como edad tope para participar en los cónclaves. Pero no hay un límite para la jubilación del obispo de Roma. Sin embargo, ahora que Ratzinger tuvo la valentía, la sabiduría y el desprendimiento de optar por una jubilación dedicada a la oración y a aconsejar a su sucesor en la medida que el papa Francisco lo necesite, este hermoso precedente quedó establecido.
El Capítulo 3 del libro de Eclesiastés señala que todo tiene su tiempo. Benedicto XVI comprendió que esto incluye jubilarse cuando, por avanzada edad, el papa ha perdido las facultades para dirigir la Barca de Pedro. Dio un excelente ejemplo. Ojalá lo sigan sus sucesores. El autor fue Canciller de Nicaragua
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