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Momias
Eso de ser embalsamado y exhibido después de muerto parece más un castigo eterno que un honor. No veo qué dignidad puede haber en una momia expuesta a la curiosidad y al morbo público. Claro está, Hugo Chávez no es el primero ni será el último de los embalsamados. Desde los antiguos faraones egipcios hasta una más reciente oleada de personajes con intención de perennidad. Lenin, Evita Perón, Stalin, Ho Chi Minh, Kim Il-sung fueron momificados y se mantienen ahí como piezas de museo. Algunos olvidados, otros humillados y vejados, y solo los menos reverenciados.
Incomprensible
¿Por qué los momifican? Puedo entender a los egipcios que ponían profundas convicciones religiosas en ese penoso proceso y jamás concibieron su cuerpo muerto como espectáculo humano. Puedo entender incluso a aquellos excéntricos que dan a guardar sus cuerpos en cápsulas criogénicas con la peregrina esperanza de que algún día la ciencia pueda revivirlos. Pero, ¿qué grandeza y dignidad puede haber en que te disequen y te exhiban? Si hasta en un animal resulta un espectáculo grotesco. Peor cuando existe la posibilidad que cambien los gobiernos o las simpatías. Como el caso de Evita Perón, cuyo cadáver fue violado, secuestrado y vejado. O el de Lenin que para muchos rusos se ha convertido en un inquilino indeseable de la Plaza Roja. Hay que odiar mucho a alguien para hacerle eso.
El socio
Un italiano reclama como herencia las propiedades en las que su fallecido padre, Francesco Cardella, aparece como socio en Nicaragua. Sucede sí, que su padre no era un socio cualquiera. Cardella era amigo de Daniel Ortega, y por esas razones de las que nunca se conoce una versión oficial y solo quedan sospechas, fue nombrado embajador de Nicaragua en Arabia Saudí, un país del que nada sabía y en el que nunca puso un pie en su vida. Obviamente el cargo diplomático era un favor de amigos y compinches. Y así, entre favores y amistades aparece también de socio en propiedades de dudoso origen, con socios de más dudosa reputación. Entre ellos, Néstor Moncada Lau, que para los efectos oficiales es secretario personal de Daniel Ortega. Pero, en la práctica, es más que eso.
Él es la ley
Sucede que Néstor Moncada Lau es la ley. Qué Constitución, qué códigos, qué leyes. Nada de eso está sobre lo que diga Moncada Lau. Y ningún juez o tribunal es capaz de contradecirlo. Así que poca o ninguna posibilidad tiene el italiano que reclama como herencia las propiedades que ahora, sin saber cómo, aparecen a nombre de Moncada Lau. No solo le negarán el derecho a exponer judicialmente su caso, sino que activaron todo el aparataje estatal para dejarle claro quién manda acá: así vimos una policía que captura sin motivo aparente, una Migración que expulsa sin seguir el proceso ni definir motivos, y unas instituciones que cierran descaradamente sus puertas porque oyen en el caso lo que un infortunado banquero dio en llamar “pisadas de animal grande”.
“¡Verguéyela!”
Hay una escena que grabé de niño. Tenía yo unos 7 años y la presencié en una especie de mercadito, donde un grupo de personas hacía rueda y celebraba a un campesino borrachín que le daba puñetazos salvajes en la cara a su mujer. “¡Verguéyela jodido, verguéyela!”, coreaba la muchedumbre. Y el hombre reaccionaba animado. Y ¡paf! La mujer lloraba. Cara ensangrentada. “¡Verguéyela jodido!” La mayoría de la gente reía y solo unos cuantos le pedían que la dejara en paz, sin hacer nada. Al final, borrachín y mujer ensangrentada se fueron abrazados. La rueda se disolvió y quedó la amarga sentencia con que siempre vi justificar esas barbaridades: “En pleitos de pareja no hay que meterse”.
La 779
De ese tiempo acá muchas cosas han cambiado. Tenemos ahora la Ley 779, que castiga duramente tanto a los apaleadores de mujeres que andan por ahí, como aquellos que dejamos que suceda. O peor aún, aquellos que animamos que eso suceda. Sin embargo, la Ley 779 está bajo ataque, y quienes creemos que una ley como esa es necesaria deberíamos, más que defenderla a troche y moche, reconocer y corregir sus debilidades para que sea un verdadero instrumento contra esa violencia, como la del borrachín de mi historia, que para desgracia sigue viva todavía.
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