JOAQUÍN ABSALÓN PASTORA
Las alas de la guitarra elevadas por Andrés Segovia han sido representadas por su discípulo ocotaleano Pepe Rubens, también aventajado por haber recibido el manantial virtuoso de David Moreno.
Lo veo mostrando su sensibilidad en las interpretaciones de las obras de otro coloso de las cuerdas, Joaquín Rodrigo, estro de la melancolía, uno de sus trinos más sentidos. Navega Albeniz en el río de sus manos. Los arabescos proclamados como una de las portadas en su inventario, los estilos paseándose en los extremos del jolgorio y la nostalgia.
No son pocos los buenos guitarristas recordados en el ayer emocionado. Advienen a la memoria, Justo Santos más concentrado en el requinto, autor de Moralimpia . Armando Morales en función de reto al punteo. Pepe Ramírez, Edmundo Guerrero.
Viven los sucesores que se entregan a la especialidad con cadencia prominente, Eduardo Araica, egresado de conservatorios de Europa de donde trajo e hizo recreación del flamenco. Me detengo en Pepe Rubens, guitarrista de la adolescencia, celebrado ahora con la sabia compañía de setenta años que son miel, sonido y ofrenda en su destino, autodidacta con 55 años de trayectoria en la ejecución y así lo confiesa no obstante haber sido educador en la música clásica en el Real Conservatorio de Madrid..
Desde su infancia tomó la inspiración de sus antecesores irradiada no solo por la guitarra sino por el mandolín y el violín. Dentro de las tres tentaciones, una debió ser la novia perpetua, la que lo llevó a las cumbres del escenario en el homenaje del 10 de Marzo en el Teatro Nacional Rubén Darío, donde se juntó la crema de la vigencia interpretativa. Vendrán otros homenajes. De todos, la medalla que más brillo tendrá es la que tiene puesta en su corazón de músico
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