Wilfredo Montalván
A sí como el enfermo tiene que admitir su deplorable estado de salud para poder ser curado, así los pueblos tienen que reconocer cuando están siendo mal gobernados para poder ser liberados. Desde la más alta tribuna del pensamiento nacional, LA PRENSA, distintas organizaciones de la sociedad civil y eximios pensadores, han señalado una y otra vez, sobre el inconstitucional y despótico gobierno Ortega-Murillo y sobre las funestas consecuencias que esto va a producir en perjuicio de la presente y de las futuras generaciones de nicaragüenses.
Hay quienes consideran que porque el enfermo camina todo está bien; que porque el sol sale todos los días por el horizonte y se oculta al atardecer, es porque todo marcha adecuadamente; y que si los tímidos vientos impulsan las velas de la nave del Estado hacia un destino incierto, el tiempo que todo lo devela, se encargará de poner las cosas en su lugar. ¡Vana ilusión!
No pretendemos tener la clarividencia en que se inspiró Casandra para predecir la destrucción de Troya, pero casi todos los pronósticos y estudios sociológicos que hemos tenido a la vista señalan sin ambages que Nicaragua está gobernada por un anacronismo histórico y que lo que anda mal, como dice el precepto bíblico, mal acaba.
No es extraño, por ejemplo, que para Transparencia Internacional (TI) el régimen imperante en Nicaragua esté considerado como uno de los más corruptos de América Latina. Basta recordar el tan llevado y traído pensamiento de Lord Acton: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”, y bastaría constatar como funcionan los poderes del Estado en Nicaragua, para darnos cuenta sobre la gravedad de la situación en la que se encuentra nuestra desventurada patria.
Ante todo este desastre institucional, muchos nos preguntamos: ¿Qué está pasando en Nicaragua? Se roban las elecciones; se niegan a rendir cuentas del manejo de los fondos públicos; violan cuando se les antoja la Constitución y las leyes; y se cometen flagrantes atropellos a la dignidad humana; ¿y qué otra cosa más habrán de hacer para que se produzca la necesaria reacción ciudadana? Es oportuno recordar aquello que expresaba Thomas Paine: “Aquellos que esperan recoger las bendiciones de la libertad, deben padecer la fatiga de sostenerla”, pues de lo contrario resignémonos a vivir sin patria porque como decía Saint – Just: “Los pueblos que viven bajo el despotismo carecen de patria”.
Los nicaragüenses no debemos resignarnos jamás a ser una sociedad condenada. Hace 61 años la escritora rusa, Alissa Zinovievna Rosenbaum (Ayn Rand), a la sociedad condenada la describió así: “Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando observe, que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un auto sacrificio, entonces podrá afirmar sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada”.
¿Es esta la Nicaragua que vamos a heredar a nuestros hijos y a nuestros nietos? El autor es Secretario General de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE)