Editorial: Los relatos de la represión
Los relatos de los 32 campesinos que se fueron hacia Honduras, huyendo de la represión gubernamental, vienen a recrear una historia que se creía que nunca más se volvería a repetir.
El amplio reportaje de nuestra periodista Elizabeth Romero, publicado en las ediciones de LA PRENSA del sábado 9 y el domingo 10 de marzo corriente, revela la única razón que tuvieron esos campesinos del norte de Nicaragua, incluyendo algunos de la zona del Triángulo Minero, quienes cruzaron por puntos ciegos la frontera con Honduras y fueron a pedir refugio político en la ciudad hondureña de Danlí.
“En el país de nosotros hay una gran represión, la gente por eso está emigrando”, declaró Enrique Aguinaga Castillo, uno de los campesinos fugitivos de la persecución orteguista. Y agregó que la represión de la que han sido víctimas es porque son miembros o simpatizantes del partido de oposición, el PLI, o familiares de los alzados en armas contra el Gobierno que operan en esos lugares. Estos alzados, cuya presencia ha sido informada desde hace tiempo por el Obispo de Estelí, son denigrados por la Policía y el Ejército como bandas criminales, la misma calificación que la dictadura somocista le daba a los guerrilleros del FSLN y la dictadura sandinista de los años ochenta le endilgaba a los combatientes de la Contra.
Este caso de los campesinos que huyen de Nicaragua por miedo a la represión, demuestra que el régimen de Daniel Ortega ha socavado la democracia no solo en el ámbito institucional, sino también en el campo de los derechos humanos y de las libertades públicas y personales de los ciudadanos. Además de violar la Constitución y de partidarizar y corromper los poderes del Estado, el gobierno orteguista ha devenido en un régimen represivo, igual como fueron la dictadura somocista de derecha y la dictadura sandinista de izquierda de los años ochenta.
De los relatos de los campesinos que han huido de Nicaragua y buscado refugio en Honduras, se deduce que la represión gubernamental ya no se manifiesta en hechos aislados, como las agresiones policiales y de turbas contra grupos de manifestantes opositores, o el asesinato circunstancial de adversarios del Gobierno durante las protestas contra los fraudes electorales, como ocurrió en El Carrizo y Ciudad Darío. Ahora, según las denuncias de los campesinos nicaragüenses en fuga al menos en las zonas rurales de donde son ellos originarios, la represión se ha convertido en un castigo no solo para los activistas opositores, sino también para sus familiares y supuestos colaboradores de los alzados en armas. Y en esta situación, el Ejército y la Policía actúan cada vez más como cuerpos represivos, volviendo a sus orígenes y misión partidista en cumplimiento de la orden que les dio Daniel Ortega en enero de 2007, cuando volvió a subir al poder presidencial.
“Me vine —a Honduras— porque los CPC me andaban en la lista ya que me iban a matar y a toda mi familia, porque somos de la derecha”, declaró a LA PRENSA Donald Noel Valdivia Fuentes, joven campesino de apenas 16 años de edad, casi un niño. Y expresó públicamente su temor de que a su madre “de repente la maten”.
En verdad que es duro, triste y vergonzoso que Nicaragua haya regresado a esta desgraciada situación.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A