Querida Nicaragua: Hace algún tiempo se publicó en LA PRENSA una crónica sobre don Vicente Cuadra, gobernante de los treinta años conservadores en 1871. En la crónica escrita por Jorge Eduardo Arellano se retrata el carácter austero del presidente Vicente Cuadra, un verdadero patricio del siglo XIX, escrupulosamente honrado, quien al terminar su período entregó el poder a su sucesor don Pedro Joaquín Chamorro Alfaro, dejando tan solo buenas acciones y ejemplares manejos públicos a pesar de la pobreza y de la permanente insolvencia de aquellos gobiernos.
Era tan recto y tan justo el presidente Vicente Cuadra que se cuenta de él una anécdota que solía relatarme mi amigo, que en gloria esté, don Julio Monterrey Zavala. Me contaba don Julio la anécdota del hombre del palito, aquel que dirige a los obreros que trabajan con él, y que aparentemente no hace nada, solo dirigir.
Decía mi amigo don Julio Monterrey que el presidente don Vicente Cuadra estaba una tarde presidiendo un acto de gobierno en donde la Banda de los Supremos Poderes ejecutaba una pieza musical clásica. Aquella banda tenía su director, el que con su batuta, dirigía la orquesta. Al terminar el concierto don Vicente le preguntó a su secretario que cuánto ganaba el pobre hombre que tocaba la tuba, el enorme instrumento de viento que produce las notas bajas. El secretario le dijo que ganaba 12 pesos al mes. ¿Y el hombre del palito, le preguntó don Vicente, cuánto gana? Ah, le dijo el secretario. Ese gana 50. El presidente ordenó que se cambiaran los salarios, que el de la tuba ganara 50 y el del palito ganara 12. Por supuesto, el director de la banda renunció.
Un mes más tarde en otro concierto, la misma pieza clásica sonaba distorsionada, desacoplada y desafinada. El presidente preguntó por qué sonaba tan mal la orquesta y el secretario le contestó, es que hace falta el hombre del palito, el de la batuta.
Desde entonces, al que dirige una obra se le llama el hombre del palito, el que está sentado, solo dirigiendo.
Por supuesto que esta anécdota no ocurrió nunca con el presidente don Vicente Cuadra, que además era culto e inteligente. Simplemente algún adversario político se la atribuyó tan solo para desmejorar su preparación intelectual, pero no es verdad que haya sido don Vicente el protagonista de la anécdota en mención.
Qué bueno que todos nos interesáramos en leer un poco la historia de nuestros gobernantes del pasado. Algunos de ellos nos han legado un cúmulo de experiencias saludables que podríamos imitar. Aquellos hombres realmente servían a la patria y nunca se servían de ella, tal como reza el pensamiento martiano.
Han pasado 143 años desde los tiempos aquellos de los patricios granadinos en cuyos zaguanes, con la mayor naturalidad, se vendía leña y la primera dama solía conversar con los vecinos. Una enorme diferencia con los presidentes de ahora que ni se dejan ver, no les interesa la honestidad, ni cuidan sino que derrochan los caudales públicos.
Sería muy bueno que imitaran en algo a los presidentes de aquel entonces. La crónica de Jorge Eduardo Arellano es un pedacito de historia que deberían leer. El autor es director general de Radio Corporación.
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