En el “infierno”… con un perro

El infierno es un bus cargado de gente. Siempre lo he sabido. Una porra donde ya no cabe un alma, que avanza corcoveando por los siglos de los siglos. O por dos horas. En cualquier caso, la sensación de eternidad debe ser la misma. Si usted no me cree es porque nunca, ni siquiera por curiosidad antropológica, ha viajado en autobús de San Rafael del Sur a Managua.

Por Amalia del Cid

El infierno es un bus cargado de gente. Siempre lo he sabido. Una porra donde ya no cabe un alma, que avanza corcoveando por los siglos de los siglos. O por dos horas. En cualquier caso, la sensación de eternidad debe ser la misma. Si usted no me cree es porque nunca, ni siquiera por curiosidad antropológica, ha viajado en autobús de San Rafael del Sur a Managua.

Ahora, debo reconocer que tal vez he exagerado un poco, movida por el triste recuerdo de mi más reciente aventura. Pero deje que le cuente y puede que entonces me entienda. Y sabrá por qué en San Rafael del Sur, caliente, polvoso, costero municipio de Managua, decimos que tenemos, sino el peor, uno de los más precarios servicios de transporte público del país.

No puedo decir que fue ese un mal día, a pesar de que era domingo y el clima invitaba a hacer huevos revueltos en las aceras. Además, mi madre ya me lo había advertido: “Hija, no es que te esté corriendo, pero agarrá el bus temprano”. No la escuché. Salí de casa a las 4:30 de la tarde, con un bolso, un perro y un plan que creí era inteligente: iría hasta la terminal de buses de Pochomil para asegurarme un asiento en el último bus del día.

Una hora después me encontraba de pie, apretujada entre veraneantes que aún llevaban la ropa mojada. El bus era un vejestorio de esos que en San Rafael andan rodando desde tiempos remotos; mi memoria no alcanza a recordar buses más viejos. El mismo en el que viajé hace más de diez años, cuando salí de mi pueblo para estudiar en Managua. En resumen, una porra. Una lata que a cada instante se estremecía, como presa de un ataque de epilepsia.

Pero no estaba sola. Para mi vergüenza, conmigo iban dos amigos a quienes invité a conocer el pueblo. Llegaron, como tantos otros turistas, para escapar de la rutina de los domingos y el bullicio de la capital. Y, como tantos otros turistas, se encontraron con que el municipio que cuenta con playas tan populares como Pochomil, Masachapa, Montelimar y Quizalá, prácticamente no tiene buses.

“La llanta de atrás se mira baja”, dijo Xochilt, preocupada, al observar un chichón en el caucho de una rueda. Abdy no respondió. Había que resignarse, porque era tomar ese bus o esperar el próximo hasta las 4:00 de la mañana siguiente. Y, de todas formas, los lunes el transporte es igual o peor.

“¡Solo directo!”, gritó el cobrador. Y allá fueron, como potrillos, todos los pasajeros que habían estado aguardando en la terminal. Era de entenderse la desesperación. El bus llevaba lo que se conoce como “doble tiempo”. Es decir, en el periodo en que deberían salir dos autobuses, solo sale uno, del mismo dueño. Una ilegalidad frecuente en San Rafael del Sur.

Nadie más debió subir desde que partimos de la terminal. Sin embargo, cada pasajero representa 29 nada despreciables córdobas; así que el cobrador empezó a colocarlos en las escaleras, en los “pescantes” y, al llegar a la comunidad de El Salto, hasta en la canastera. En la parte superior del bus, viajaron, “entaconadas” y “pistoleadas”, tres muchachas que esa noche tenían fiesta en una disco capitalina.

Los que íbamos adentro no podíamos movernos. Si alguien intentaba acomodarse, inevitablemente sacaba el aire a otro pasajero. En esas estábamos cuando Xochilt se tapó la nariz y una muchacha gritó: ¡Aguántense, hombre, que nos vamos a ahogar! Sus quejas nos acompañaron durante al menos una hora…

El infierno es un bus cargado de gente, ya lo dije. Pero es incluso peor cuando toca chinear a un niño… o a un perro; porque, como dije, se me ocurrió la “brillante” idea de subirme al bus con mi perro. Bueno, he visto cosas peores en estos buses. Cerdos, por ejemplo. Y, aun así, imagínese usted, hubo quien dijo: “Envidio a ese perrito. Se mira que va cómodo”.

Superada la carretera escabrosa, llena de vueltas y rodeada por precipicios, que comunica San Rafael del Sur con el municipio de El Crucero, muchos exclamaron: “¡Gracias a Dios!”. Había pasado la peor parte.

Cuarenta minutos más tarde, a las 7:30 de la noche, los pasajeros saltamos a la acera del Siete Sur, en Managua, e hicimos un poco de gimnasia para eliminar los calambres en las piernas. Oficialmente terminaban dos de las horas más largas de mi vida. Dos horas en el infierno. ¿Exagero? Sí. Pero lo invito a que la tarde de un domingo viaje en bus desde San Rafael del Sur hasta la capital. Lleve un perro. O, pensándolo bien, mejor no.

1362792020_295-DOM-cronica

Puede interesarte

COMENTARIOS

  1. Hace 11 años

    Linda crónica 🙂
    Y sí, hay micro-infiernos en la vida. Quizá los únicos que conoceremos con esta conciencia. Esta de estar vivos, en la cual oscilamos entre pueblo y ciudad, con amigos y perritos, con misiones de humanitos.
    Al final del día los micro-infiernos nos permiten leer historias como esta, y sonreír.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí