Esta semana la reportera Jeniffer Castillo, encargada de cubrir el tema de Educación para LA PRENSA, publicó una serie de reportajes que nos debería hacer reaccionar sobre lo que estamos haciendo, y hemos venido haciendo, con la educación. En síntesis, es un crimen la manera en que desperdiciamos el dinero destinado a Educación, entre otras cosas, dándole cada vez más dinero a universidades que gradúan cada vez menos estudiantes y aplazan cada vez a más.
En el 2007 el Estado entregó a las 10 universidades, del CNU, 81 millones de dólares como presupuesto. Ese año se graduó del 56.9 por ciento de los que debían graduarse. En el 2011 se entregaron 100 millones de dólares y se graduó solo el 42.6 por ciento.
Para colmo, el propio presidente del Consejo Nacional de Universidades, rector de la Universidad Agraria, asesor presidencial para temas de agricultura y observador “part time” de elecciones, el ingeniero Telémaco Talavera, está claro del desperdicio.
En la entrevista publicada por Castillo el martes, Talavera dice: “Lo que sucede… es que hemos elevado los niveles de exigencia. Nosotros podríamos graduar a la gente artificialmente, pero en la revisión cualitativa también se elevan los niveles de exigencia. Aunque tengamos más graduados porcentualmente se baja el porcentaje. Estamos apostando a la calidad. Podríamos decir que pasen pues, pero no”.
¿Por qué digo que esa “explicación” deja claro el desperdicio? Porque lo que está diciendo es que los muchachos llegan con una base débil y por eso cada vez un porcentaje menor de ellos pasa unas clases que ahora supuestamente son más exigentes.
Lo lógico es que eleven la calidad de los estudiantes desde primaria, desde preescolar incluso, según dicen los expertos, y que esa exigencia vaya avanzando igual que avanzan los alumnos, pero darles una educación débil en primaria y secundaria para aplazarlos en la universidad es casi criminal, pues hasta llega a frustrar de por vida a los chavalos.
Y eso que estoy hablando de los que tienen la suerte de bachillerarse. Recordemos que de cada 100 niños que se matriculan en primer grado, solo 45 llegan a sexto grado, y de cada 100 que logran pasar a secundaria un número similar se gradúa de quinto año.
Pero en la educación básica y media nada ha cambiado en calidad. En 2007, solo pasó el 6 por ciento de los bachilleres que tomaron el examen de admisión de la Universidad de Ingeniería. Estos eran los bachilleres producto de los “horrorosos” 16 años “neoliberales”. Pero en 2012 el porcentaje de aprobados en esa universidad fue el mismo, después de siete años de un gobierno supuestamente preocupado por la educación.
¿Por qué? porque a pesar de toda la retórica del orteguismo, los números son claros: en el 2013 se está invirtiendo en Educación el mismo porcentaje del PIB que se invertía en el 2007, exactamente 2.8 por ciento.
Cuando uno ve estos números solo puede sentir envidia de las declaraciones que la presidenta de Finlandia, Tarja Halonen, dio a Andrés Oppenheimer allá por el 2010 cuando la entrevistó para su libro ¡Basta de historias!
Finlandia, un país de 5.3 millones de habitantes —un poco menos que Nicaragua—. Ahí pasan no solo la mayor parte del tiempo en temperaturas congelantes sino que hay épocas del año en que pasan gran parte del día a oscuras. Ese país ocupa los primeros lugares en las pruebas PISA que evalúa a jóvenes de 15 años de diferentes países en temas como matemáticas y ciencias.
¿Cómo lo han logrado y cómo han pasado a una economía desarrollada? Halonen lo explica en tres palabras, dice Oppenheimer: “Educación, educación, educación”. Allá destinan grandes cantidades de dinero a la educación y se aseguran que el sistema sea eficaz.
¿Pero cuántos países pueden darse ese lujo? le preguntó Oppenheimer. La respuesta de Halonen: “Para tener una buena educación, debes tener un buen gobierno, que no sea corrupto, y que destine los impuestos que se recaudan a la educación. Si no tienes un sistema impositivo adecuado o no tienes un gobierno honesto, es imposible pagarle bien a los maestros y tener un buen régimen educativo”.
Si la respuesta es tan sencilla, lo que nosotros hemos hecho con la educación, no solo ahora sino que desde siempre, no se puede calificar menos que como criminal.
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