Tiempo de cambios
Es bien fácil entender que después de la muerte de Hugo Chávez, Venezuela ya no será la misma. Y, querámoslo o no, sin una Venezuela como la de Chávez, Nicaragua no puede seguir siendo la misma. Es matemática de primer grado. La muerte de Chávez marca el inicio de un tiempo de cambios en Latinoamérica, para bien o para mal. Poco convincentes resultan los vehementes discursos de los líderes chavistas de que el proyecto seguirá incólume aun sin Chávez, y, menos creíbles aún, los de aquellos que desde Nicaragua piensan que podrán seguir manteniendo la misma relación política-financiera con quienes queden en el poder en Venezuela. A Chávez se le asocia principalmente a dinero, y dudo que alguien en Venezuela pueda ahora disponer de la plata pública como lo hacía Chávez. Poder y dinero. Y eso debería servir para que aquellos que organizaron su existir con ese dinero vayan poniendo su barba en remojo.
Claroscuro
Chávez es un gran personaje. No celebro su muerte. Al contrario. No creo que haya alguien de los que hemos visto a un ser querido morir de cáncer, que no sienta alguna solidaridad con quienes le quisieron y acompañaron en su agonía. Pero tampoco puedo por el reconocimiento a su grandeza como personaje político, ni por la solidaridad que me inspira su sufrimiento y el de los suyos, dejar de ver en él aquellos vicios que tanto mal le han hecho a nuestros países.
Caudillo
Hugo Chávez fue el caudillo que concentró todo el poder en sus manos, que usó el dinero de los venezolanos como si fuese propio, y que como casi todos los caudillos vive su epílogo en funerales fastuosos que después solo son recordados como anécdotas en los libros de historia. Rara vez algún sistema sobrevive al caudillo que lo parió. Y tal vez, con mucha suerte, en esos libros de historia se dirá como dato curioso que en el pequeño país de Nicaragua los gobernantes de entonces decretaron siete días de luto a su muerte y lo lloraron artificiosamente en plaza pública.
Portátil
Chávez murió (oficialmente) a las 4:25 de la tarde del martes. Para las 7:00 de la noche, en Nicaragua ya se le lloraba en una plaza. ¿Muchedumbre que se congregó espontáneamente a manifestar su dolor? ¿Oradores que improvisaron discursos encaramados en algún monumento? No. Nada de eso. Público prefabricado. Uniformado. Que se les manda a traer en buses y no saben ni a qué van. Pueden hablarles del cambio de temperatura en el Ártico o de la muerte de Chávez en Venezuela. Lo mismo da. Ellos estarán ahí, con sus camisetas nuevas, frente a una tarima siempre enflorada, con un sistema de audio y luces calculado segundo a segundo, y con un guión de consignas a repetir, a las señales indicadas. Foto gigantesca. Demasiado elaborado todo para que pareciese una genuina muestra de dolor.
Ir y venir
No dudo del pesar que debe sentir el comandante Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, por la muerte de un hombre que fue tan importante para ellos en estos años. Lo que cuesta distinguir, cuando hay tanto dinero de por medio, es si ese sufrimiento es por el dolor de quien se fue o por el temor a lo que puede venir.
Hombres fuertes
Antes de esperar que haya mil Chávez más como dicen algunos, deberíamos pretender que ya nunca más exista uno. Ni de izquierda ni de derecha, porque en materia de abusos no deberíamos estarnos fijando en la etiqueta política que tiene la bota que nos oprime el cuello. Deberíamos aspirar a una sociedad sin hombres fuertes, sin caudillos y sin líderes mesiánicos. Sin hombres que se sientan predestinados por Dios para gobernar a los pueblos. Sin aquellos que se sienten imprescindibles e insustituibles, de tal forma que se reeligen y se reeligen porque no ven otra cosa más allá de su grandeza. Deberíamos aspirar más bien a una sociedad donde lo fuerte sean las instituciones y donde sea la ley la que determine todos nuestros derechos y nuestras obligaciones. No es cierto que “hombres fuertes” hacen “naciones fuertes”. Las naciones más exitosas son aquellas donde con dificultad se sabe el nombre de quien las gobierna. Al contrario, “hombres fuertes” hacen naciones débiles.
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