Moisés Ruiz Romero
Con todo el respeto que se merece don Fabio Gadea Mantilla —verdadero presidente electo de Nicaragua—, debo disentir de su opinión publicada en LA PRENSA del pasado 26 de febrero, en la que expresa que la unidad de todos los partidos, los gremios, los sindicatos, las mujeres, las iglesias, los jóvenes… no sirve de nada y que de nada sirve poner miles y miles de votos en las urnas, dada la capacidad de fraude del actual Consejo Supremo Electoral (CSE); y termina sugiriendo que busquemos otra receta.
En mi opinión, no existe otra receta. La unidad en 2008 y 2011 demostró que, en la realidad, derrotó al orteguismo pero no se continuó con una actitud enérgica para defender el voto. Si no era posible hacer una marcha que saliera del Hotel Princess en Managua, los dirigentes de esa unidad hubieran podido convocar a marchas simultáneas en los 153 municipios y siete distritos de Managua, convocadas y dirigidas por las mismas estructuras de campaña, lo que hubiera puesto en evidencia que el orteguismo es minoría en todos los municipios y todos los distritos.
El problema no es la unidad, porque la mayoría del pueblo sabemos que estamos frente a una dictadura que solo trae beneficios a una camarilla corrupta, sino la falta de un liderazgo capaz de elaborar un plan estratégico orientado al desmantelamiento de la dictadura y la construcción y mantenimiento de una verdadera democracia.
La dirigencia visible actual de la unidad está representada por los diputados del PLI, PLC y MRS, sin embargo, la sola presencia de estos en la Asamblea Nacional y el disfrute de sus beneficios económicos desvirtúan su condición de opositores, ya que, en la práctica, no pueden oponerse a nada, porque al estar desvinculados de la población: los gremios, los sindicatos, las mujeres, las iglesias, los jóvenes, solo cuentan con los votos parlamentarios de una irrisoria minoría, precisamente porque no supieron defender los votos.
La unidad de la oposición fue la que hizo posible el derrocamiento de Somoza en 1979, el triunfo de la UNO en 1990 —aunque había 10 casillas—, del PLC en 1996 —aunque había 24 casillas— y 2001. Fue la que permitió a los hondureños defender y hacer cumplir su constitución frente al Alba y la que ha hecho posible la primavera árabe. No existe ni puede existir otra receta.
Se requiere unidad para ejercer presión social —la presión parlamentaria da risa—, cívica y no violenta para elegir magistrados honorables en el CSE, que hagan cumplir la Ley Electoral vigente, que es lo suficientemente buena, si se cumple, para asegurar la derrota del orteguismo, porque siguen siendo minoría.
En estas condiciones es trascendental contar con un partido político no entreguista —no como fue ALN en las elecciones pasadas— y de aquí la importancia de las elecciones internas del PLI, el partido que junto con el FSLN controlará toda la actividad electoral del 2016, de mucha importancia para el futuro de nuestra nación.
La nueva dirigencia del PLI, en unidad con todos los sectores, puede hacer que Nicaragua vuelva a ser república, bajo el imperio de la Ley, como lo fue de 1863 a 1893 —6 períodos presidenciales apegados a la Ley— y de 1990 a 2006 —tres períodos de legalidad y legitimidad—.
El autor de vicepresidente departamental del PLI en Managua.