El analista Jorge Enrique Mujica, de la agencia católica de noticias Zenit, la cual no es oficial pero sí muy cercana al Vaticano, escribió el pasado domingo 24 de febrero la observación de que “en otro momento de la historia eran los Estados los que buscaban ejercer sus condicionamientos ante la elección de un papa. Hoy en día es la opinión pública”.
Se refería Mujica al comunicado que la Secretaría de Estado del Vaticano difundió el sábado 23 de febrero de 2013, en el cual se lamenta por la “creciente marea de publicaciones”, muchas de ellas falsas y difamatorias, “suscitadas a raíz de la renuncia de Benedicto XVI y el inminente cónclave”, es decir, la asamblea del Colegio de Cardenales que elegirá al nuevo sumo pontífice romano.
“Es deplorable que, a medida que se acerca el inicio del cónclave y los cardenales electores estarán obligados, en conciencia y ante Dios, a expresar con plena libertad su elección, se multiplique la difusión de noticias, a menudo no verificadas o no verificables, o incluso falsas, incluso con graves perjuicios para las personas y las instituciones”, se dijo en el comunicado oficial del Vaticano. A lo cual el comentarista de Zenit agregó de manera aún más explícita, que “en términos de comunicación y fraude el panorama no es menos triste: cuando no hay fuentes, ni datos que justifiquen las aseveraciones entonces no hay periodismo sino ficción barata”.
La campaña de desinformación y difamación contra la Iglesia católica, aprovechando errores y delitos que algunos sacerdotes y obispos han cometido a título personal y que la misma Iglesia ha reconocido y pedido perdón por ellos, se desató o relanzó a raíz de la renuncia del papa Benedicto XVI y ante la inminente elección de su sustituto en los próximos días. Sin embargo, con esa campaña insidiosa solo han podido influir en personas despistadas o católicos de poca fe. De hecho, la renuncia de Benedicto XVI más bien motivó un inmenso pesar en los católicos y gente de otras confesiones que llegaron a sentir por él mucho cariño y respeto, así como también ha inspirado una gran admiración por el ejemplo de humildad y desapego al poder que representa su renuncia.
Ya lo habíamos dicho cuando Benedicto XVI anunció su decisión de renunciar, pero debemos repetirlo ahora que llega el momento de que su renuncia se haga efectiva: esta decisión trascendental del papa Benedicto XVI contrasta absolutamente con lo que ocurre en países como Nicaragua y otros de América Latina, donde gobernantes endiosados se aferran al poder aunque para eso tengan que atropellar constituciones, leyes, instituciones y derechos humanos; y en algún caso sin importarles hacer un patético ridículo, al pretender gobernar o hacer creer que gobiernan desde un lecho de enfermedad terminal.
En su último mensaje al público que leyó ayer miércoles ante una multitud de fieles de todo el mundo reunidos en la Plaza de San Pedro, Benedicto XVI agradeció humildemente a quienes acogieron con respeto y comprensión su decisión de renunciar que él mismo tomó con plena libertad. Y declaró que su corazón está colmado de gratitud “porque nunca ha faltado a la Iglesia su luz”. Pero es el mundo católico el que, al decirle adiós a este papa ejemplar, tiene que agradecerle el mensaje que nos deja de fe y esperanza en un mundo y una vida mejor.
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