En un artículo titulado: ¿Por qué renuncia el papa?, Iván de Jesús Pereira —pariente a quien estimo— propone la tesis de que Benedicto XVI abdicó porque “no es un luchador como Juan Pablo II”. Una serie de problemas, según él, le amargaron la vida al punto de obligarlo a “rajarse”, como decimos localmente.
Las afirmaciones de Iván de Jesús contrarían obviamente lo que el mismo Benedicto había dicho en el 2010, al advertir que “se puede renunciar en un momento sereno o cuando ya no se puede más, pero no se debe huir ante el peligro”. También ponen en tela de juicio lo que expresó al renunciar, indicando que lo hacía tras haber “examinado ante Dios reiteradamente” su conciencia y llegar a la certeza de que, “por la edad avanzada” ya no tenía fuerzas para “ejercer adecuadamente el ministerio petrino”.
Iván de Jesús piensa que hay otras motivaciones no confesas. Entre ellas menciona el dolor del papa ante los curas pederastas, la descristianización de Europa y el crecimiento de las sectas en América Latina. El problema con estas, y otras crisis señaladas por su artículo, es que muchas de ellas predatan su pontificado. El primer caso alcanzó notoriedad en el 2002, cuando renunció el cardenal Law bajo el papado de Juan Pablo II. El segundo es un tema cuyo principal denunciante había sido, tiempo atrás, el entonces cardenal Raztinger. Una de sus conferencias más famosas fue, precisamente, la que dictó sobre la crisis espiritual europea, en mayo del 2004. Iván de Jesús habla como que si el papa hubiese tenido que llegar al pontificado para descubrir que en su continente “miles de niños no han oído hablar de Jesucristo”, cita — dicho sea de paso— que atribuye equivocadamente al arzobispo Peter Erdo. (Es del cardenal Tauran).
Tampoco fueron novedad para Benedicto la supuesta “lucha feroz de poder y corrupción de la curia romana”, con que Iván de Jesús describe la vida vaticana con términos lapidarios. El papa actual llevaba más de tres décadas inmerso en la curia romana, ya que era uno de los brazos derechos de Juan Pablo II. Junto con él presenció el escándalo del Banco Ambrosiano de 1992, en que salió enlodado Roberto Calvi, presidente del Banco Vaticano.
Evidentemente, problemas como estos causaron hondo dolor en ambos pontífices. Pero no fueron heridas mortales para hombres curtidos en las tribulaciones, conocedores profundos de las grandezas y miserias del hombre y su historia, y poseedores de una fe y esperanza excepcionales.
Iván de Jesús hace también el error de añadir a las contrariedades del papa el “reconocimiento a su fracaso con el mundo árabe”, sencillamente por el enojo que causó entre algunos radicales al citar, en Ratisbona, una crítica a Mahoma proferida en el siglo XIII. Que unos exaltados hayan protestado por una cita legítima y de altura, en un entorno académico, fue más una manifestación de fanatismo islámico que de falta de sensibilidad cultural del papa. Como profeta Benedicto tenía que hacer referencia al tema de la irracionalidad de la violencia, sin autocensurarse por temor al qué dirán.
Las razones dadas por Benedicto son dignas de crédito. Renunció porque es muy responsable y santo. Ser papa, sobre todo en el mundo de hoy, implica tomar decisiones rápidas, emitir documentos y hacer declaraciones donde una coma puede ser muy importante. Hacerlo bien exige un nivel de energía y claridad mental que Benedicto vio que mermaban. Juan Pablo II se rindió a la muerte a los 85 años. Benedicto ante los dictados de su conciencia, casi al cumplir los 86. Dio también la gran batalla y pasa la antorcha a manos más vigorosas. Él merece el respeto y admiración de todos los católicos.
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación.
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